Años atrás el Museo Nacional rindió homenaje al artista colombo-español José Antonio Roda (1921-2003), uno de los principales representantes del arte moderno en el país.

Roda, su poesía visual fue el nombre de un recorrido a través de cuatro momentos. “Buscando claves en la historia europea y en las superficies del cuadro”, la primera parte de dicho recorrido, dio cuenta de la primera etapa en la vida del artista e incluyó reminiscencias de España y alusiones a Nueva York. María Margarita Malagón, autora del guion, destacó la profundidad psicológica como aspecto que intrigó al autor a lo largo de toda su vida y puso como ejemplo un autorretrato de 1954. 

La nota que acompañó dicha obra aportaba la siguiente reflexión de Roda: “Creo que fue viendo y entendiendo a Matisse como descubrí lo que era el dibujo. Descubrí en el dibujo que una línea tiene que estar viva para que sea válida. La línea puede ser representativa, como casi siempre en el caso de Matisse, o puede no serlo; pero una línea que no diga algo es una línea muerta”.


“Incidiendo en el metal y en la condición humana”, segunda parte del recorrido, ofreció obras provenientes de la serie de grabados elaboradas durante la década de los setenta. Con un empoderamiento sorprendente de la técnica, Delirio de las monjas muertas está constituida por obras en las que Roda exploró la sublimación del erotismo místico. En la serie dedicada a Felipe IV el autor dialoga con Diego Velásquez, en cuyo trabajo descubrió “una pintura tremendamente emotiva, distante y refinada”.

La ansiedad de las influencias: Matisse, Velásquez, la religión cristiana… Cristo, de 1968, es un comentario estético al hombre latinoamericano: “Fue la época en la que mataron a Camilo Torres… Siempre me impresionó la imagen de ese Cristo mutilado, que se me hizo algo muy de nuestro tiempo”.

En “Adentrándose en la naturaleza y el paisaje”, tercera parte del recorrido, los asistentes pudieron penetrar en el pensamiento del artista sobre uno de los motivos clásicos de la pintura: “una profundidad, una atmósfera, unas cosas que están cerca, unos signos que te llevan de unos a otros y van creando un clima…”, he aquí su idea de paisaje. Junto a ella, la tierra como símbolo de poder y objeto de las peores guerras. En la serie Tierra de nadie encontraron expresadas, simbólicamente, formas y sombras de la tragedia que hoy envuelve a Colombia. ¿Qué significa el rojo en la pintura de esta serie?

Finalmente, “Sumergiéndose en la pintura y en las profundidades”, cuarta parte del recorrido, rescató la última fase creativa del autor, grávida de sugerencias. El guion aportó la siguiente explicación acerca de su trabajo: “de un estilo pictórico en los años sesenta que se proyectaba hacia el espectador, pasó a otro en su etapa madura que invita al espectador a entrar en la obra y sumergirse en las profundidades de la imagen”.

Intimidad e ironía

Según María Margarita Malagón, “a Roda, al igual que a muchos de sus contemporáneos, no le interesaba reproducir en sus cuadros las apariencias de modelos externos. Sus trabajos poseen una lógica emotiva propia, similar a la de un poema o la de una composición musical. También como los compositores de música clásica, Roda escogía temas o motivos sobre los que hacía variaciones en sus series, conservando una unidad melódica”.

En su caso, lo poético reside en lograr que las líneas, los colores, las texturas, las capas y las tonalidades evoquen, por sí mismos, múltiples sensaciones, emociones y asociaciones. A través de su lenguaje visual, el artista expresa su propio mundo afectivo y perceptivo. Un hombre duerme. El sueño se apodera de su cuerpo: su conciencia se difumina delante de una pared ruinosa, a la manera de un naranja confortable hecho de ocres descoloridos y amarillos brillantes. Sobre el sofá yace el pintor que se autorretrata retratando un mundo que no vemos, que solo ve él con ojos cerrados pero que nos participa emotivamente. He ahí la paradoja.

En conversación con Andrés Hoyos, Roda se preguntaba: “¿Por qué pinta uno autorretratos? No sé. Pero tiene que ver con el gusto del retrato, con el liberarse del cliente, con la intimidad con uno mismo, con poder indagar sobre algo tan ilusorio como la imagen en el espejo, extrañamente volteada, congelada, servil y que no se deja tocar ni acariciar”. Emotividad, distancia y refinamiento, como en Velásquez. Eso logra Roda con sus retratos de sí. La mirada penetrante del observador que piensa confunde la sonrisa con la amargura, en una obra de 1980. El color adquiere su propio significado dentro de la otra realidad que el artista propone. Los materiales: acuarela sobre papel.

Un tercer autorretrato. Esta vez de 1982. El dominio de la técnica avanza proporcional al avance de ese otro mundo de sugestiones que toma posesión de los cuadros. La figura humana se confunde con las líneas vivas. Con los colores y las sombras de una atmósfera que está más allá, a veces cálida y a veces siniestra.

Objetos de culto 

Alguien nos mira desde otro mundo que es la pintura de Roda. Pero también alguien nos da la espalda, como ocurre con Desnudo (1977): un hombre o una mujer, de nuevo la confusión. El cuerpo joven, sentado sobre una silla de madera. Contención de músculos en el brazo que desciende del cielo empuñando un cuchillo. El naranja confortable es ahora atmósfera de una amenaza posible. El arte, mar de sugestiones, tiene su propio simbolismo. Mortajas en el horizonte. “A mí me gustaría pintar como Buñuel hace cine”, decía el autor. Valoraba la calidad mental del director de Viridiana y de El perro andaluz: “Ha hecho el cine más inteligente, más satírico, más novedoso y más sorprendente”. Relacionar las artes ha sido un esfuerzo de los grandes. Tarkovski, ese otro admirador de Buñuel, quería hacer de su cine lo que Dostoievski hizo de la literatura.

Roda, su poesía visual. Buen título para una muestra que permitió a los espectadores asumir el rol que les otorga un cuadro: hacerse ellos mismos artistas al recrear la comunicación que ofrece una obra, gozándola, apropiándose de sus atmósferas, de su lenguaje. La exposición incluyó materiales pedagógicos para que los educadores la pusieran al servicio de sus programas. Por su parte, el desprevenido pudo advertir que en un mundo desangelado todavía hay quienes creen que todo es un objeto de culto, “uno mismo, la mujer, los hijos, todo es un objeto de culto”, dice Roda.

Deja un comentario

Tendencias