Daniela Romero Pineda (especial para HaciaElUmbral)
Es injusto reducir un libro a una sola palabra, pero el poema Dios también es una perra de María Paz Guerrero (Bogotá, 1982) cabe en un cascarón. Uno hecho de grietas, pero que se niega a romperse del todo. Esas fisuras son lo único que le permiten compartir un espacio junto a la realidad. Ese cascarón es la compasión.
Una travesía en la que dios trata de encontrar su propio lenguaje en un mundo que corre con una prisa que él perdió hace años.
Tratando de domar sus propios colmillos, sin poder controlar su silueta, dios sabe lo que es ser una perra. Y sabe lo que es ser latinoamericano. Escribe en una lengua que no cotiza en el mercado. Se siente parte de un cuerpo que está perdiendo unicidad.
María Paz Guerrero sostiene que “el título es la verdad del libro”. ¿Por qué el “también”?
El nombre del poema pudo formularse con un tono más sentencioso: “Dios es una perra”. Pero la autora decidió olfatear entre el musgo y la frondosidad del lenguaje.
¿Qué busca María Paz Guerrero cuando escarba la tierra con desesperación, como una perra hambrienta que se hiere las patas desgarrando al papel con su tinta?
Precisamente en ese gesto de búsqueda aparece el “también”. Porque es un reconocimiento que permite transfigurar la imagen de dios en alguien capaz de compartir y padecer la existencia como lo hacemos nosotros.
Dios no puede fingir compostura. Tiene hambre e instinto. Tiene vida. Así, la voz poética necesita que dios se quiebre en versos que no encuentran un ritmo, como un rompeolas cortando la llegada abrupta del mar hambriento.
Por este motivo, este poema es una conversación con el espejo.
Dios enfrentado al reflejo viviente de su creación.
El lector asume la posición de un pequeño dios que contempla, desde múltiples dimensiones —en su más sincera compasión—, un reencuentro con nuestra propia precariedad, un diálogo entablado desde la mirada desviada e incómoda de ver lo que está detrás de nuestra imagen.
Esto nos remite a uno de los autores referenciados directamente en el poema. La autora menciona explícitamente que:
dios leyó con juicio a César Vallejo
para aprender a sufrir como es debido
En Los dados eternos, Vallejo habla desde un yo poético desgarrado, acusando a dios de haber creado el sufrimiento sin haberlo padecido jamás.
Un capitán de navío siempre con el salvavidas puesto.
Aquí un fragmento del poema:
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: ¡el Dios es él!
Sin embargo, Guerrero invierte esa operación. Su dios no está esperando “el único número que no puede ser otro” (Stéphane Mallarmé). Está menopáusico, fofo, carente, sentado solo en una barra de un sitio de salsa sin que nadie lo saque a bailar.
Ambos poetas, Vallejo y Guerrero, comparten el sufrimiento como condición ontológica del ser latinoamericano. Pero mientras las letras del primero se arrodillan ante la indiferencia del cielo como un reproche al cosmos, la segunda recoge sus letras del suelo, las enrolla en el barro, las amolda con su letra y las hace andar en cuatro patas.
Si bien el poema expone circunstancias que han degradado al ser humano hasta exponerlo en sus límites más severos, dentro de esa bruma se difumina el concepto de lo que verdaderamente se ha perdido. En la primera página del libro, la voz poética enuncia:
hemos olvidado que éramos un todo éramos luz
éramos algo que no sufría éramos algo que flotaba
hemos olvidado
Tras ese destello, se disipa la luz como el paso de una estrella fugaz y se entra sin mirar atrás en el catálogo del deterioro:
De dios anhelando ser un artista y no hablar la lengua en la que sí se triunfa, de pretender ser vegano mientras se come su propia máscara de carne roja.
Nos sumergimos en su desfavorecedora condición de ser una hembra mujer, de ser un depresivo más. Dios está enfrentado a sí mismo y obligado a encontrar en su interior las respuestas a un malestar que no se originó en él.
Pero, ¿basta con convertir el dolor en el eje absoluto del poema para alcanzar una comprensión más profunda de aquello que hemos perdido como humanidad?
La poeta ha señalado que el texto trata de rastrear las siguientes preguntas: ¿cómo pensamos la relación de la lírica en la actualidad? ¿Desde dónde nos está llegando la poesía hoy en día? Pero también ha mencionado un aspecto de vital importancia en lo que respecta a los contenidos del escrito y es que el poema busca dar cuenta de un “excedente de vida”. Y es en ese excedente donde valdría la pena resaltar lo que hemos dejado de habitar colectivamente.
entonces el vacío se cura yendo a terapia tomando antidepresivos
creyendo en ti dios
cree en ti
el vacío se cura dios
En estos versos se enuncia la solución al vacío: siempre personal, interior y farmacológica. Desde un modo imperativo hacia el yo como único centro de verdad. La acción queda reducida al individuo. Pero durante gran parte de la historia, la felicidad fue una experiencia colectiva y el peor castigo consistía en el exilio del cuerpo social.
dios piensa
que su centro emocional es la carencia (…) su trauma es la carencia entonces se fascina con los pobres que
son la carencia hecha persona va al barrio pobre y se
siente con los suyos
Esa es la verdadera carencia que se enuncia —y parece proponer— el escrito: la de nuestra propia chispa divina extraviada en la desmedida aceleración con la que hemos avanzado. La relegada conciencia de participar de una llama común.
Hay un gran acierto en la disposición del texto. La escritura de Guerrero materializa los padecimientos de este poema de largo aliento. Dios sabe lo que es existir atrapado en versos sin puntuación y ser consciente de lo que implica habitar un mundo corporal.
La escritura de la autora avanza con los bigotes tensos y alertados haciéndole cosquillas a las lombrices para que le permitan ver lo que esconde el ser humano bajo el cemento y las corbatas.
Podemos divisar un poema violento, frenético y desmedido. La propuesta con el lenguaje es totalmente instintiva.
La imagen de la perra crea una transición de la reflexión intelectual hacia una expresión guiada por el cuerpo y sus intuiciones.
Hacia el cierre del poema, la autora desmitifica la figura del artista iluminado —idea que predomina en la parte inicial— para confrontarnos con el polvo que trae consigo el país tercermundista: nos devuelve a la realidad de los buses atestados, las empleadas que corren para llegar a tiempo, las ciudades partidas entre el privilegio y la carencia.
uno batalla por tener una idea
es la lucha de uno
uno es su idea y lo que su cuerpo alcanza a darle
uno es la medida de su cuerpo
El poema presenta tres formas iniciales de vivir: la del ego que busca grandeza negando su propia cultura; la del ser natural, que recuerda una vida animal a la que ya no podemos regresar; y la del sujeto latinoamericano, subordinado por la conquista de su imaginación.
Sin embargo, sugiere una cuarta posibilidad. Tal vez no podamos superar el contorno que nos define, pero tenemos la certeza de que el mundo no es la medida de nuestro cuerpo.
Todavía no sabemos lo que habitamos. Y es en esa diferencia donde podemos volver a encender esa chispa que engrandecía nuestra sórdida pequeñez. Ese lugar donde éramos células de un mismo cuerpo y, probablemente, de perra latinoamericana.
* María Paz Guerrero es licenciada en Literatura por la Universidad de los Andes, tiene una maestría en literatura comparada por la Universidad de la Sorbonne-Nouvelle de París. Entre sus publicaciones se cuentan, también, Los analfabetas (La jaula de las publicaciones, 2020) y Lengua rosa afuera, gata ciega (Himpar Editores, 2021). La versión del poemario reseñada en estas líneas corresponde a las de 2018, de la editorial Cajón de Sastre.
** La ilustración que acompaña esta reseña proviene de la edición bilingüe portugués-español, a cargo de Editora Urutau.





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