El río amigo, el río de la historia, el río grande de la Magdalena hoy nos exhorta

Biviana García Segura (especial para Hacia el umbral)

Cualquiera que haya navegado por las aguas del Magdalena recuerda su esplendor. La dorada corriente que lleva troncos, sedimentos y vida aún es testigo de la historia del país, pero también del trato irreflexivo del ser humano con la naturaleza. Cada tanto, el Magdalena ha sido protagonista en titulares de prensa que se podrían sintetizar en una palabra: sequía. El afluente, que en otras épocas fuera símbolo de la vitalidad y el progreso del país, es emblema del descuido estatal, sinónimo del deterioro ambiental y espejo de la ambición humana.

El río de la historia

Gran parte de la historia del territorio colombiano se puede entender si se entiende la historia del río Magdalena. Su extensión, de 1.558 kilómetros aproximadamente, ha sido fundamental en el desarrollo de las poblaciones ribereñas y de las ciudades que florecieron gracias al comercio que la vía fluvial posibilitó.

Suelen decir los historiadores que el desarrollo de una cultura está vinculado a un río primordial. Es el caso del río Magdalena que, desde su nacimiento en el Páramo de las Papas (Huila), hasta su desembocadura en Bocas de Ceniza (Mar Caribe), ha determinado las dinámicas demográficas, económicas, ha sido recurso natural invaluable y ha dado identidad cultural a los asentamientos de sus riberas.

Las poblaciones prehispánicas que rodearon el río se rastrean 12.000 años atrás. Sobre los márgenes del Magdalena habitaron tribus dedicadas a la caza, la pesca y la recolección, que se relacionaron entre sí, porque el río las articuló y permitió el intercambio.

El Magdalena también fue sana frontera y determinó las distintas maneras en las que los nativos se relacionaron con su entorno. Prueba de ello son los simbólicos nombres que tomaba el afluente en cada región por la que pasaba. Los caribes lo llamaron Karakalí, gran río de los caimanes o Caripuaña, que traduce agua grande. En el Magdalena medio, Arlí o Arbí, río del pez o río del bocachico. Los muiscas lo nombraron Yuma, río amigo o río del país amigo y de las montañas. En el alto Magdalena Huanca-hayo y Huacayo o río de las tumbas.

El 1 de abril de 1501 fue bautizado por el conquistador Rodrigo de Bastidas como Río Grande de la Magdalena en honor a santa María Magdalena, pero también fue renombrado, durante la colonia como Río de la patria o El río de la historia.

En aquella época el río fue la vía por la que accedieron los barcos que, venidos de Europa, surtían de mercancías a la Región Andina y asimismo, sacaban recursos naturales como el oro y la madera. Por su ubicación estratégica, los puertos de Honda (abastecimiento de Bogotá) y Mompox prosperaron comercialmente.

Con la llegada del transporte férreo el interés en las vías fluviales decayó y la inversión gubernamental redirigió sus finanzas a la infraestructura para el transporte terrestre.

Por los síntomas evidentes del daño al río, la Constitución de 1991 ordenó la creación de Cormagdalena, para frenar el deterioro de la cuenca.

A pesar de ello, hoy el caudal del Magdalena es escaso, sus aguas están contaminadas y las comunidades que vivían de la pesca, atraviesan una crisis social. 

Candelario Obeso conecta con el espíritu de las riberas del río, entrelazando lo cotidiano de los habitantes del Magdalena con la rica tradición poética hispánica. Su voz resuena en el paisaje y el mundo que habitan, mientras el mestizaje del lenguaje refleja la cadencia y cercanía con los ritmos de momposina. Así, los Cantos populares de mi tierra se convierten en un susurro del río y del boga en su ‘remá, remá’, continuando una tradición poética que inspira a voces nacionales como las de Julio Flórez y Eduardo Carranza”, Carmen Elisa Acosta Peñaloza

Un río sin agua

Entre Magdalena y Bolívar, el río ha perdido alrededor de diez metros de profundidad. Contó Alfredo Molano, en una columna, que “el agua menguó al punto de que el Magdalena se puede atravesar hoy, en Puerto Triunfo, a pie, sin mojarse las rodillas”.

Por su parte, el alcalde de Honda, Juan Guillermo Beltrán, señala que “entre 1.300 y 1.400 son las familias que viven del río Magdalena” y que la recesión hace que “la gente comience a colgarse en el pago de los servicios públicos, dejen de mandar sus hijos al colegio porque a veces no tienen para el desayuno o para comprar los cuadernos”.

La crisis pareciera haber venido repentinamente, no obstante, han sido varios los expertos que han advertido de la problemática del río. En 1992, un año después de la creación de Cormagdalena, el sociólogo Edgar Rey Sinning recalcó: “para rescatar el río Magdalena no sólo se requieren decenas de millones de dólares sino sesenta mil millones de árboles y el compromiso inquebrantable de todos los colombianos durante medio siglo”.

Hoy es evidente que ni lo uno ni lo otro.

El deterioro del río no solo tiene que ver con fenómenos naturales.

En su crónica del río Magdalena, el periodista Mauricio Gómez hace un diagnóstico de lo que aqueja al cuerpo de agua: el desvío artificial del caudal en el embalse de Aquitania y en el proyecto minero-energético del Quimbo, la pesca indiscriminada, la contaminación por actividades petroquímicas, las voladuras a oleoductos, la deforestación en las laderas del río, el mal manejo de basuras y vertientes de aguas residuales y la carga tóxica de mercurio por la minería.

Ante este panorama, exclaó el presidente de la Academia Huilense de Historia, Camilo Salas: “el río muere, nuestro río muere”. 

El río amigo

Los amigos del río traducen lo que él murmura en su recorrido. Mediante el arte de la palabra y en diferentes tiempos, artistas han buscado perpetuar el legado cultural del Magdalena, además de denunciar su maltrato.

Nicolás Guillén escribió: “Puertos de oscuros brazos abiertos/ Niños de vientre abultado y ojos despiertos/ Hambre/ Petróleo/ Ganado/ Y el boga, boga”.

Gabriel García Márquez, en la novela El general en su laberinto, cuando Bolívar es testigo de la tala de árboles para alimentar las calderas de los navíos, dice: “los peces tendrán que aprender a caminar sobre la tierra porque las aguas se acabarán”.

Y en El amor en los tiempos del cólera, ante la catástrofe: “en lugar de la algarabía de los loros y el escándalo de los micos invisibles que en otro tiempo aumentaban el bochorno del mediodía, solo quedaba el vasto silencio de la tierra arrasada (…) cuando los caimanes se comieron la última mariposa, y se acabaron los manatíes maternales, se acabaron los loros, los micos, los pueblos: se acabó todo”.

La plegaria de Martina Camargo, la cantaora de San Martín de Loba: río, río, río, río/ color de plata te vean/ los peces y el Mohán/ en sus aguas se pasean/ Si el cuento fuera verdad/ y el Mohán se levantara/ nadie basura tirará/ porque el Mohán se lo llevaba”.

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Biviana García Segura es docente, investigadora y escritora. En sus reflexiones convergen el pensamiento crítico, la sensibilidad estética y el diálogo intercultural.

*Una primera versión de este artículo fue publicada en la revista Vida Nueva dirigida por el maestro Javier Darío Restrepo hace diez años. Se publica de nuevo en homenaje a él. In memoriam.

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