Crónica en caliente

I

Mayo es un jabalí solitario, adoptado por un taxista que tiene una finca en la carretera al mar. La hija del taxista se fue para Barcelona (España). Tiene veinte años.

El hombre llegó a Cali (Valle del Cauca) hace cuarenta años, proveniente de Choachí (Cundinamarca). En ese tiempo el ambiente estaba pesado.

Ahora… también.

Si antes gobernaron los narcos de X grupo, ahora gobiernan los narcos de otro. Algunas cosas han cambiado desde entonces. Una de ellas: el color de los uniformes.

En algunas regiones del Pacífico, la calma chicha tiene detrás a un grupo narco en relativa paz con la Armada.

La «pax romana» que prima confunde al turista. X playa puede parecer tranquila ante la mirada del desprevenido. Cuando este pregunta sutilmente sobre la cooperativa de marineros o la inclinación política del común de la gente en las últimas elecciones para Congreso, aparece levemente el panorama.

La gente está organizada y vive bien. Los niños están gorditos y despreocupados. Sus madres hacen negocio. Los tíos miran el curso del día desde el muelle y la música de tambores alegra el ambiente.

La guerra se libra del otro lado de Bahía Málaga. Entre las calles de la ciudad a espaldas al bello puerto de mar, mi Buenaventura.

Más al norte, sobre la costa continental que va a dar al Chocó, gobierna la calma chicha que dejó en estas tierras el acercamiento entre Petro y los elenos.

Una paz no total pero sí relativa que ha mejorado la vida de algunas personas; de unas más que de otras.

La verdad hay que decirla.

No a todo el mundo le va bien con el ELN.

Quienes criticamos su clientelismo de línea «amor eficaz» en La Soledad nos exponemos a un madrazo y a rencillas de parroquia. Nada grave.

Selva adentro los conflictos se arreglan de otro modo. No a punta de guitarra y de prosa camilista.

La paz no total es, también, el territorio de las guerras fragmentadas que algunos politólogos llevan décadas estudiando.

A Danilo Rueda se le advirtió que lo que se venía eran guerras atomizadas. Y este decidió proyectar una paz atomizada que en poco aportó a la solución de las violencias diversas en este archipiélago de territorios llamado Colombia.

Lo que quedó fue una burocracia camilista en Bogotá y fuego cruzado en regiones cada vez más encendidas.

Que el turista pueda ir a las costas del Chocó o del Valle no quiere decir que la mafia haya desaparecido.

Quiere decir que en algunos lugares nadie le disputa territorio.

En eso va la paz total. Esa entelequia.

II

El taxista habla sobre las oportunidades que se abren para el migrante en los campos de Valencia. Su hija no es la única afortunada en España. También algunos paisanos encontraron mejor suerte al otro lado del Atlántico.

Él se la jugó en Cali cuatro décadas atrás cuando había mejores lugares a los que ir en Colombia, pero la bonanza era el pan cotidiano en la capital del Valle. La fiebre del narco.

Los taxistas también disfrutaron las vacas gordas. Desde entonces tienen la costumbre de alertarse entre sí sobre X o Y retén en X o Y barrio.

Los uniformados que uno ve en Cali responden a la necesidad de poner coto a la guerrilla responsable de atentados en los últimos meses. De un buen número de muertos.

Los que uno ve en Buenaventura se suman a otros grupos armados en disputa desde hace años en la ciudad puerto. Las perspectivas de paz a inicios de este gobierno que ya  atardece son hoy cosa del pasado. Una lejana tregua que quedó para los anales. Cielo y tierra pasarán. La guerra en Pueblo Nuevo y otras comunas de «Tura» permanece.

Los transportadores recomiendan al viajero limitarse a tomar un taxi hasta el muelle desde el terminal y salir lo más pronto posible en alguna lancha, si es el caso de quien va a Bahía Málaga. Lo mismo para el regreso. Taxi desde el muelle hasta el terminal y de ahí a toda carrera hasta Cali.

Como si el casco urbano de Buenaventura no pudiera ofrecer al foráneo nada distinto a la inseguridad. Un estigma injusto, pero que responde a la normalización de la tragedia.

III

Más allá de Jamundí se abre la extensa perspectiva de los cocales, explica el taxista; del negocio de la marihuana y sus bombillitos encendidos en la noche.

Al Valle se le asocia con el azúcar y la salsa, al Cauca con la merca.

¿Por dónde sale?

El Pacífico sigue siendo territorio de muchos y de nadie. Están los consejos comunitarios legítimamente constituidos, alguno de los cuales protege a sus niños abiertamente de la explotación sexual en escenarios turísticos. Está una presencia estatal representada por la Armada y sus hangares, por sus pistas en un claro de selva; por una que otra escuela. Y, al norte de Bahía Málaga, está la presencia del ELN, por momentos invisible. Un dominio silencioso.

Si en las costas del Caribe, en playas como San Bernardo del Viento o Rincón del Mar, el turista es intimidado por la «paz romana» del paraco, del dominio de las autodefensas de nueva generación en rincones de Córdoba o Sucre, en las costas del Pacífico Medio otro gallo canta, uno que parece intimidar menos a los foráneos pero, no por ello, es menos peligroso.

El reclutamiento infantil ocurre a la vista de todos, aunque las autoridades étnicas, de buena fe, adviertan a los turistas: «los niños no se tocan». La cooptación no solo es armada. Se da también sutilmente. Política e ideológicamente.

Si la tropa no combate a la guerrilla, es porque hay un acuerdo de élites pactado en otra parte. El poder local es intocable. Mientras tanto, de algo hay que vivir: el turismo, esa otra bonanza en «el país de la belleza».

IV

El dueño de Mayo explica la aparición del jabalí: un rezagado. Normalmente este tipo de bestias anda en tropa. Quiero decir: en manada.

El jabalí solitario adorna el sueño terrateniente de una casita en el campo para ver la tarde caer con un pasillo lleno de café en la mano.

Un sitio de recreo para ir desde Cali los fines de semana.

Un contraste necesario.

La querencia en zona de paz mientras arde la capital del Valle del Cauca.

Aunque esa paz sea relativa.

Aunque el propietario del lote sepa que la calma chicha se debe no a una paz real sino a una acordada pero no oficial.

Alguien manda montaña arriba, como manda selva adentro.

Mejor no preguntar.

Mejor sugerir sutilmente.

Disimular es un arma defensiva, mientras se calcula qué tanta simpatía tiene el interlocutor hacia el poder real.

Un poder que hace rato no es el de la República.

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