
Felipe Arias es un historiador bogotano nacido en 1983. Días atrás trinó a través de la red social X criticando a quienes consideraron como algo malo inhumar los restos de Camilo en la capilla Cristo Maestro de la Universidad Nacional de Colombia. Aquí su posición, explicada en detalle.
—Hablemos sobre Camilo en el contexto de la universidad como espacio de memoria.
—La universidad en el mundo, en la historia de la civilización, es también un espacio legítimo de la política. En la historia de los estados de derecho, en la de Colombia, la cátedra ha sido un instrumento de ejercicio político enormemente legítimo y enormemente influyente. Un personaje como Camilo Torres está inserto en un proceso histórico que se puede rastrear desde finales de la época de la Colonia, porque hay un lugar de académicos que han contribuido al fortalecimiento de la ciudadanía, al ejercicio ciudadano, en general, y, sobretodo, a procesos de resistencia, de ejercicios de la oposición política, del disenso democrático. En un contexto de violencias como las que ha padecido la sociedad colombiana, desafortunadamente, ese rol, muchas veces, ha estado asociado a procesos de martirio. Por eso, yo quería relacionar esos ejemplos del pasado. Es que cuando vemos cómo la Universidad del Rosario ha reivindicado en su identidad y en su memoria a Francisco José de Caldas, se nos olvida que Caldas fue eso: un egresado, un profesor de la universidad que, por razones históricas, decide alzarse en armas contra las autoridades establecidas en su momento, lo cual le cuesta morir en un patíbulo. Caldas está íntimamente ligado al Rosario. Es el centro de la cátedra rosarista. La famosa escalera sobre la que se ha construido todo un montón de mitología, por donde supuestamente bajó y plasmó, además, un grafiti, antes de ser fusilado. No solo es Caldas. Desde los círculos de conspiradores, los estudiantes que en el contexto de la persecución a Nariño fueron torturados en el Rosario, los jóvenes estudiantes que se alzan en la formación de juntas de gobierno en 1810. Tanto estudiantes como profesores, incluyendo sacerdotes que pelean en la guerra de independencia u otro ejemplo que para mí es emblemático: la Universidad Externado. Esta basa su historia fundacional, incluso, en la derrota del liberalismo radical en la guerra civil de 1885: la idea de que el Externado nace en las cenizas de la batalla de La Humareda, cuando las tropas del liberalismo radical, de lo poco que logran recuperar de ese desastre, es la bandera en que envolvieron a uno de estos jóvenes intelectuales y que es ahora exhibida, además esa bandera ensangrentada ciento cuarenta años después, en el museo de la universidad, al igual que otros objetos: armas o documentos de estudiantes que participaron en la guerra del 95 y en la Guerra de los Mil Días. Esa idea de la universidad como se entendía tanto en el siglo XIX, como en la hegemonía conservadora. Como espacio de resistencia, de ejercicio del disenso político frente a la noción de las entidades educativas del Estado como espacios cooptados políticamente por los partidos que se encontraban en el gobierno y eso es todo un ejercicio que, a lo largo de este, casi, siglo y medio ha venido haciendo una entidad como el Externado. Luego nos encontramos con esa construcción de la memoria institucional de quienes fueron sus fundadores… La violencia de las últimas décadas en Colombia: cómo en los sucesos del Palacio de Justicia hay magistrados y magistradas de la universidad que fueron rehenes del M-19 y muertos en los combates que se dieron en esa tragedia y algunos de los cuales también hacen parte del registro de víctimas de desaparición forzada; y, cómo todos los años, la Universidad Externado ha hecho acciones para recordar y enaltecer a esos, ya no símbolos exclusivos de la universidad, sino representantes de la rama judicial que ofrendaron su vida en medio de ese evento. Entonces, resulta sorpresivo que se quiera descalificar y simplificar, también, un acto idéntico que se quiere hacer con Camilo y no es algo que se inventó este fin de semana. Son actos que la comunidad de la Universidad Nacional lleva haciendo durante los últimos sesenta años. Desde el funeral simbólico que organizaron los estudiantes, que es también un hito dentro del movimiento estudiantil de los años sesenta; con el hecho de que el nombre de Camilo Torres esté presente en tantos espacios de la universidad: en nombres de edificios, de auditorios; la simbología que hay alrededor del hecho de que Camilo Torres haya sido el primer capellán de la universidad y una persona que por sus méritos como académico y como político y sacerdote está presente en otros muchos lugares de memoria en el país. Que me conste (posiblemente haya más), hay tres colegios. Uno en Bogotá, otro en Casanare y otro Medellín que tiene una particularidad: se llama Presbítero Camilo Torres. Enfatiza al sacerdote, no al sociólogo ni al guerrillero. Yo invito a la reflexión desde esa perspectiva. Alguien recordaba en X que no es solo la Universidad Nacional. La Univesidad de Lovaina donde estudia Camilo también dio su nombre a uno de sus edificios.
—¿Cómo lee la forma como el ELN ha hecho memoria de Camilo?
—Podemos analizar esta cuestión como un ejemplo muy representativo de la multidimensionalidad de los hombres públicos. Pasa con Camilo Torres como puede pasar con Simón Bolívar, con Jorge Eliécer Gaitán; como con Juan Manuel Santos, con Gustavo Petro, con Álvaro Uribe… Con cualquier personaje público e histórico que podamos imaginarnos. Y el caso de Camilo Torres es particular, en el sentido de que su memoria termina siendo reivindicada como un personaje que tiene un pie en varios ámbitos. Desde esa postura de sacerdote que, si bien no alcanza a vivir el nacimiento de la teología de la liberación, sí se le reivindica, en más de una ocasión, como precursor desde sus aportes a la Universidad Nacional, desde sus aportes a las izquierdas y alguien que al final de su vida toma la decisión que, si nos atenemos a los testimonios de su época, fue una decisión criticada ampliamente, empezando por la propia izquierda: ingresar a las filas del ELN. En ese sentido, el ELN tiene también su propio Camilo Torres, porque hay varios camilos y no porque sea un doble cara. Hay varios Gaitán, Bolívar, Petro y Juan Manuel Santos. En ese sentido, también nos encontramos con ese tema y esas disputas por las memorias: qué sector busca que su Camilo, que su recuerdo y que la construcción del personaje en la posterioridad sea más visible. Es evidente que, dentro de su guerra, el ELN (también, terminología cara a la insurgencia guerrillera) tenga, dentro de su combinación de todas las formas de lucha, también, esa necesidad de que su Camilo Torres sea el más visible. Claramente, sabotearon todo este proceso que estaba con una confidencialidad tremenda y que se estaba haciendo en los últimos tres gobiernos, además. Se estaba gestionando este proceso de la identificación de los restos de Camilo Torres y no contaban con que el ELN se iba a anticipar de la manera que hizo, en un comunicado reivindicando el descanso definitivo de los restos de quien consideran uno de sus símbolos. Claro. Esto es una particularidad, también; porque no necesariamente es una disputa del ELN con el Estado sino una disputa entre el ELN y las izquierdas democráticas o la academia, en el caso de esa reivindicación. También podemos recordar al Camilo sociólogo, al Camilo académico, al líder político y muchas veces ese recuerdo también está ligado a ese énfasis y a lo hemos escuchado durante décadas desde María Arango Fonnegra, quien, en vida, fue quien convocó el funeral simbólico del 66; de Joe Brodercik, sacerdote también y autor de la biografía más comentada y difundida de Camilo Torres. Esa coincidencia en reconocer el error de haber tomado las armas e, incluso, si nos vamos más atrás y vemos el documental de Francisco Norden, ahí vemos a García Márquez, Diego Montaña Cuellar, entre otros, poniendo en tela de juicio esa decisión. Hasta a las FARC les sorprendió esa decisión.
—¿Qué tan importante es señalar que en la larga historia de violencia en Colombia también la religión ha jugado cierto papel? Camilo apeló a la doctrina de la guerra justa de Santo Tomás de Aquino para justificar la revolución colombiana.
—Estamos obligados a abordar críticamente a todo personaje histórico; por supuesto, a entender que sus acciones y decisiones están enmarcadas en las particularidades de la época que vivió (en unos aspectos parecida a la nuestra pero en otros también muy distintas) y, sobre todo, en una sociedad que ha padecido tanto la violencia como la nuestra, por supuesto. También la idea de examinar críticamente las razones que unos y otras han esgrimido para participar activamente en nuestras guerras y es algo que tenemos que hacer como sociedad. Por supuesto, un personaje como Camilo Torres, con las decisiones que toma, no está exento de esa mirada. Más allá de ciertos hechos, no minimicemos ni corramos a un ladito ese rol del cura guerrillero. Gústenos o no, esa imagen fue la que le dio también ese reconocimiento internacional a la figura de Camilo Torres, en todo este contexto de la revolución cubana, de la Guerra Fría. El impacto que para la opinión pública y para los medios de comunicación en el mundo tuvo ese imaginario del sacerdote que se mete a la guerrilla fue también el que le dio no solo ese reconocimiento, sino también algo que se nos olvida: fue el primer colombiano famoso mundialmente. Lo es al morirse. Y al morirse de la manera en que murió. Esto nos sirve para examinar, para hacer ese examen crítico de qué tan válidas fueron o no las razones que se esgrimieron en los años sesenta o posteriormente para legitimar la lucha armada; qué tan válidas pueden ser o no esas motivaciones en el presente o en los últimos treinta o cuarenta años de nuestra historia; de qué manera, desde la política, desde la cultura, desde todos los ámbitos de la vida pública miramos ese pasado; hasta qué punto somos nostálgicos de él, de la lucha armada; hasta qué punto la justificamos o no. Entonces, en ese sentido, bienvenido el debate y en todos los formatos posibles que nos ofrece la cultura, porque eso hacen los personajes que, gusténle a quien les gusten, trascienden en el tiempo. Y es que Camilo Torres ha dado lugar para tener espacios creativos: la literatura, el cine, no solamente en los documentales trascendentales del cine colombiano; sino en la forma en qué inspiró a otros: el caso de Marta Rodríguez. Ella no se forma, en un principio, como documentalista, sino como socióloga, en la naciente de facultad de sociología de la Nacional y la idea de actuar en su medio social decide hacerlo a través del cine. Me parece un testimonio fascinante un personaje como Marta Rodríguez, fiel a su filmografía, haciéndole un documental a su maestro. Podemos verle desde muchos otros ámbitos. Pasó como por diferentes lados. Se ha reivindicado esos camilos, ¿por qué no? La derecha pudiera también hacerlo. Están metidos en otros asuntos, pero bueno. Tenemos dentro una de las personas que más motivó la decisión de Camilo Torres de ingresar al seminario, su profesor de religión del colegio. Que, además, es una de las figuras más importantes del Partido Conservador en el siglo XX, Manuel Mosquera Garcés. Hay un parque de Quibdó que lleva su nombre. ¿Por qué no haber aprovechado esta coyuntura para el Partido Conservador haber recordado eso? A la mayoría de nuestros políticos no les interesa la historia y cuando les interesa la usan para hacer el oso.
—¿Qué opina frente a las críticas contra el mural camilista que borró un mural en memoria de un grupo de sociólogas?
—Si se hizo de esa forma, es un abuso.
—Entiendo que los restos de otros académicos están inhumados en la universidad. Los de Camilo no serían los primeros.
—Cada vez que una universidad entierra en su sede a personajes que consideran emblemáticos se nos olvida que en la Universidad de Cartagena enterraron a Gabo hace diez años; que desde hace sesenta años se repatriaron los restos de Ezequiel Uricoechea y están en el Instituto Caro y Cuervo.
* Fotografía del archivo personal del entrevistado
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