
Pedro Elías Joya es miembro de Sacerdotes de la Iglesia de los Pobres, un movimiento que lleva el testigo de otros procesos en memoria de Camilo Torres Restrepo: Golconda, Sacerdotes para América Latina (SAL), Cristianos por el socialismo, Iglesia de los pobres, comunidades eclesiales de base. Nacido en Carcasí (Santander), en 1951, además de líder religioso, el sacerdote es un decidido defensor de los páramos. Fue uno de los concelebrantes, durante la misa del 15 de febrero en la capilla de la Universidad Nacional. Aquí una parte de su historia de vida.
—¿Cómo ha vivido estos días?
—Indudablemente con mucha confianza, alegría y esperanza, porque los profetas siempre tienen un regreso en el tiempo y estamos viviendo un regreso resucitador de Camilo.
—Hábleme del movimiento de sacerdotes.
—El pequeño resto. La palabra era utilizada por el profeta Isaías. Su hijo de Isaías se llamaba Sear-Jasub, que significa pequeño resto porque fue el momento histórico en que, después del exilio, Israel quedó reducido a un pequeño resto del pueblo de Dios. Cuando Israel era pueblo de Dios. Hoy no lo es.
—Recuérdeme su vocación, formación y ministerio. Entiendo que en su vida es muy importante Ecuador.
—Yo soy de ancestro campesino, hijo de jornaleros campesinos. Hice mis estudios en tres escuelas diferentes; algunas más cercanas, otras más distantes de la casa. Hice el bachillerato en el seminario menor de Floridablanca. Pasé al seminario mayor de Pamplona. Eran tiempos revolucionarios, muy trascendentes. Allí se produjo una explosión. Fruto del pensamiento crítico de los jóvenes que queríamos una formación distinta. Un sacerdocio distinto. Y eso explotó. Había cinco diócesis y todas quedaron separadas. Y pasamos a ser fundadores del seminario mayor de Bucaramanga con los padres eudistas, con algunos de pensamiento progresista y liberador. Y luego yo pasé a la universidad en Bogotá. Hice licenciatura en filosofía, algún curso de sociología y luego, estando en la universidad, conocí a monseñor Leonidas Proaño. En Medellín. Estaban iniciando el movimiento, un servicio de paz, justicia y acción liberadora no violenta, con Adolfo Pérez Esquivel. Conocí a Proaño y a Adolfo, en Medellín, y a partir de ese encuentro vino la invitación a Ecuador. Fuimos tres meses en periodo de prueba. Nos gustó a nosotros y a ellos les gustó nuestro pensamiento y compromiso y ahí me incardiné a la diócesis. Era estudiante universitario. Trabajé diez años junto con otros compañeros y compañeras muy entrañables y en esos diez años un aprendizaje extraordinario en términos de una Iglesia profética y liberadora, una diócesis organizada en equipos pastorales; no párrocos sino equipos. Una Iglesia identificada con los indígenas y con los pobres. Una Iglesia que denunciaba con valor la injusticia; constructora de comunidades de hombres nuevos y de movimientos liberadores. Ahí se gestó el movimiento indígena. Un trabajo especial era el del Frente de Solidaridad, que presidía monseñor Proaño. Yo fui secretario varios años. Y era un frente constituido por agentes de pastoral comprometidos y líderes o militantes de movimiento u organizaciones sociales y organizaciones populares. Diez años maravillosos: comunión con ese pueblo hermano, con esa iglesia; de formación, de testimonio, de luchas, de sufrimientos y de triunfos también. Eso fue de 1975 a 1985. Regresé a Colombia y concentré mi trabajo en la región del Chicamocha y el Aruaca. Obviamente, entré en conflicto profundo con algunos sectores de la Iglesia tradicional, de pensamiento de extrema derecha. Sufrí apresamiento, acusaciones y todo terminó bien. Triunfó la verdad, la justicia y el derecho. Y continué mi trabajo como ecologista en la defensa de los páramos y en la construcción de comunidades y del movimiento de la Iglesia de los pobres, que hoy se configura en el movimiento Sacerdotes de la Iglesia de los pobres. La continuidad de ese proceso que se inició con Golconda, que continuó con SAL, Cristianos por el socialismo, etc. Pequeño resto y luego el movimiento sacerdotal. Pero siempre buscando la realización del amor eficaz, del compromiso profético, revolucionario y pastoral en la construcción de un pueblo y en la construcción de una sociedad nueva y de una historia nueva.
—¿En qué año nació?
—14 de julio de 1951, en pleno tiempo de la guerra civil. La Violencia.
—¿En qué año se ordenó?
—Me ordenó monseñor Proaño en Riobamba, porque yo fui expulsado del seminario mayor de Bucaramanga con otros compañeros y buscamos por el lado de Brasil, por el lado de México, por el lado de Ecuador y se concretó lo de Ecuador. Fui ordenado el 8 de diciembre de 1977. Es decir que el próximo año, con la bendición del cielo, celebraré los cincuenta años de sacerdocio.
—¿Incardinado en cuál diócesis está?
—Tengo la credencial y la incardinación a la Diócesis de Riobamba, Ecuador. En la Diócesis de Málaga-Soatá, el obispo actual me ha negado el derecho a ejercer el ministerio sacerdotal. Cuando fue obispo Hernán Giraldo Jaramillo, el primer obispo, nos entendimos maravillosamente y estuvimos juntos en el trabajo de las comunidades indígenas uwa. Yo he vivido con esa comunidad en las selvas indígenas bastante tiempo. Y luego, Darío de Jesús Monsalve me invitó a integrarme a la diócesis. A incardinarme. Pero en ese momento yo sugerí, como paso previo, el tener un encuentro con todos los sacerdotes, porque yo sabía que era la oveja negra y, salvo dos o tres compañeros, había una mirada de muchísimo temor frente a mi ministerio y a mi pensamiento y mi práctica. Entonces sugerí un encuentro en el cual estuviéramos centrados en el análisis de la situación de los páramos y el riesgo que implicaba la entrada de compañías multinacionales. Pero eso no se pudo realizar y luego vino el cambio de obispo. Monseñor Darío fue nombrado arzobispo de Cali y no se pudo realizar ese paso. Actualmente yo no tengo autorización para ejercer el ministerio por parte del obispo de Málaga-Soatá, pero cuando salgo de esa diócesis, con la credencial puedo celebrar, como ocurrió en la misa del domingo en la Universidad Nacional.
—Explíqueme su opinión con relación a la misa del 15 de febrero. Entendí que iba a ser algo ecuménico, interreligioso, pero terminó siendo una misa de rito católico romano. ¿Es así?
—Sí, lamentablemente. Pero más allá de ese incidente, que fue un poquito lamentable por la mentalidad del vicario que nos acompañó, la misa tuvo sus siete maravillas. Primero, la asistencia. Yo conté mil personas, incluidas las trescientas que estaban afuera de la capilla. Lo que revela que el evento, el acontecimiento de la aparición de los restos de Camilo, tiene una fuerza grande. En segundo lugar, el testimonio de Javier Giraldo como eterno buscador, fruto de la búsqueda de Isabel, la madre de Camilo. Dio su gran fruto a pesar de los intentos de bloqueo, como el mismo del Instituto de Medicina Legal. La celebración. Estuvimos doce sacerdotes, al del rito ortodoxo no le fue permitido y a otros se les puso también alguna pequeña dificultad, pero finalmente la celebración fluyó y el acontecimiento también es que la realidad de hoy a nivel eclesial institucional es muy diferente a la de hace sesenta años. Por ejemplo, el mensaje del cardenal. Bastante bueno en términos de reconocer el ministerio sacerdotal del padre Camilo y su gran compromiso profético y liberador. No todavía con la claridad que anhelamos, pero sí con un reconocimiento indudable. Eso comenzó con la misa de monseñor Darío de Jesús Monsalve en Cali y ha ido poco a poco abriendo las puertas a Camilo sacerdote, Camilo pastor, Camilo profeta.
—El movimiento de sacerdotes publicó un comunicado a través de Religión Digital, de España.
—Yo no estuve muy inmerso en la elaboración de ese texto. Dice Javier Giraldo que a Camilo se lo ha juzgado muchas veces por los tres o cinco meses de permanencia en la guerrilla, Camilo cura guerrillero. Y no se ha tenido la concepción y la visión integral, de treinta y siete años de coherencia evangélica, profética, pastoral, liberadora de Camilo. Entonces, en mi pensamiento, el ingreso de Camilo al ELN tuvo sus pros y sus contras, implicó la pérdida de un gran movimiento social de masas que se cayó y significó políticamente el establecer la concepción de que solo aquello que estaba en la línea de la lucha armada era lo que era verdaderamente de izquierda. Ya en ese tiempo estaba con muchísima fuerza el proceso del obispo profeta Gerardo Valencia Cano, que tenía todo el acento de una revolución pacífica. Son dos profetas: Camilo y Valencia Cano, icónicos paradigmas y referentes de la Iglesia de los pobres. Me parece que lo significativo de hoy es que estamos descubriendo, redescubriendo la visión integral sobre Camilo y buscando cómo ese testimonio de él en los barrios populares, en la universidad, esa poderosa luz del Frente Unido para el proceso de paz y de cambio de hoy tiene una fuerza y una significación enorme y no es nada casual que la sotana de Camilo llegara a las manos del presidente Petro, que comulga con esos ideales y con esos principios y que ese amor eficaz lo vive en la entrega a la causa de los pobres arriesgando su vida y a la causa de los pueblos del sur global.
—¿Cuál fue la relación de Valencia Cano con Proaño? ¿En qué se asemejaban y distinguían de Camilo?
—Proaño fue entrañable hermano de Gerardo Valencia Cano. Los dos son los padres de la misionología en América Latina, de esa concepción de la Iglesia en salida como aquella de la que habló el papa Francisco, de esa Iglesia hospital de campaña, no esa iglesia enclaustrada en las sacristías, en las parroquias y en los templos, sino la Iglesia en medio del pueblo como luz, sal y fermento de liberación. Monseñor Proaño, junto con Gerardo Valencia Cano, fueron gestores de una auténtica revolución dentro de la Iglesia, que lamentablemente en Colombia quedó fallida con la muerte entre comillas en accidente de Gerardo y también del obispo de Facatativá, Raúl Zambrano, identificado con su ministerio. La línea de Proaño, igual que Gerardo, fue de profunda identificación con los pueblos indígenas. Así como Gerardo tuvo su aureola principal entre los indígenas del Vaupés, incluso compuso el himno de Vaupés, bellísimo; Proaño entre los indígenas Kichwa y todos los pueblos indígenas de Ecuador. Siempre fueron gestores de una línea de profunda fidelidad al evangelio, porque en la historia de la Iglesia, en el concilio de Nicea, por ejemplo, convocado por Constantino, el emperador, la Iglesia dio un vuelco, después de tres siglos de identificación total con los oprimidos y excluidos de la sociedad, de ser Iglesia auténtica, Iglesia de los pobres, cuando se convierte entrecomillas el emperador, un gran sector de la Iglesia, el dominante y mayoritario, en lugar de hacer la revolución evangélica dentro del imperio romano, se asimiló al imperio y ahí vino la cristiandad. Y, de perseguida, la Iglesia pasó a ser perseguidora con las cruzadas, la inquisición, etc. Legitimó la violencia, se degradó, se corrompió, legitimando la violencia, que es incompatible. Toda forma de violencia es radicalmente incompatible con el evangelio. Pero a nosotros llega esa Iglesia a la realidad de Colombia, identificada con las élites y ese dominio y opresión provoca represión y opresión; provoca la respuesta armada del pueblo y los movimientos insurreccionales. En un momento, cristianos de profundísima convicción y amor a Cristo, como Camilo, vieron que podía hacerse en Colombia la gesta heróica que se hizo en Cuba, para liberar al pueblo. Pero hoy vemos con toda claridad esa incompatibilidad: la violencia utilizada como estrategia de lucha política es radicalmente incompatible con el evangelio y estamos de vuelta a buscar en las fuentes del Evangelio y del testimonio de Jesús la radicalidad profética y liberadora y apocalíptica para construir esa iglesia que sea luz, sal y fermento de un mundo alternativo.
—¿A quién reúne el movimiento Sacerdotes de la Iglesia de los Pobres?
—Alrededor de treinta y cuarenta personas, cuando nos reunimos. Hay también laicos y laicas comprometidos, militantes cristianos que viven a cabalidad el sacerdocio común. Cristo es sacerdote profeta y rey; y nuestra bandera es el seguimiento de Jesús, el proyecto del reino de Dios es nuestro proyecto y nuestra pasión. Somos de comunidades: jesuitas, claretianos, etc. De distintas diócesis y distintos rincones del país. Hemos tenido hasta el momento tres encuentro presenciales: el primero fue en Cali en el seminario mayor, en la diócesis de monseñor Darío; el segundo fue en Soacha, en la diócesis de monseñor Juan Carlos Barreto; el tercero fue en Santa Fe de Antioquia, en la diócesis de Hugo Alberto Torres; y el cuarto va a ser a finales de junio y principios de julio, en la Diócesis de Buenaventura, alrededor del testimonio profético y liberador de Gerardo Valencia Cano. De modo que hay sacerdotes y estamos hermanados con obispos de compromiso profético.
*Fotografía del archivo personal del entrevistado
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