Nacida en Lovaina (Bélgica), en 1975, Helena Uran Bidegain es autora del libro Deshacer los nudos. Su padre, Carlos Horacio Uran, un antiguo líder universitario católico de los tiempos de Camilo Torres convertido en magistrado auxiliar del Consejo de Estado, fue desaparecido y asesinado por el Ejército en 1985, durante la reacción militar a la toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla del M-19.

En cierta ocasión, durante una entrevista de la periodista Greace Vanegas, Helena dijo: “Creo que en Colombia no se ha entendido el potencial de la memoria como un elemento constructor de democracia, sino que se ha abordado desde la visión de quienes han ostentado las armas”.

Con ocasión de la identificación de los restos de Camilo y la conmemoración por los sesenta años de su muerte, HaciaElUmbral le pidió a la escritora y analista explayarse en su posición de cara a la efeméride.

—¿Qué piensas sobre la controversia desatada sobre si inhumar o no los restos de Camilo Torres en la Universidad?

—A Camilo lo utilizan para darle sentido a lo que otros han hecho. Él fundó la facultad de sociología. Desde ese punto de vista, tiene sentido que sus restos reposen en la universidad. No sé las razones de quienes desacreditan o aprueban la inhumación. Inhumar sus restos en la universidad sería rescatar esa otra dimensión de él, no solo la del guerrillero de cuatro meses, que es lo que hacen algunos señores. Una universidad para enterrar unos restos obviamente tiene un componente político muy fuerte; y, más, tratándose de la Nacional. Pero no sabría decir. No tendría un criterio para decir si es correcto o no. Tendría que pensar más. Pero, la relación que yo encuentro es que él fue el que fundó la facultad y eso es muy válido y muy oportuno, porque rescata esa otra parte de él que se ha invisibilizado. Se ha centrado el debate en que fue el guerrillero que le ha servido a estos grupos armados, teniendo en cuenta también quién era él: un hombre de familia privilegiada y que lo convirtieron en un mártir. Tener a ese mártir, a la guerrilla le sirve mucho. Es lo mismo que hacen con Carlos Pizarro. Fíjate que en el caso de Carlos Pizarro, lo utilizan y hablan siempre de cuando se desmovilizó. Es un caso opuesto, pero lo mismo: que el sombrero de la paz y los símbolos de la paz, porque ellos se desmovilizaron y dejaron las armas. Pero no tienden a contar la violencia. Y en el caso de Camilo, no cuentan toda su dimensión humana anterior y todo lo que hizo por intentar cambiar la realidad social del país.

—¿Qué debería hacer la universidad en materia de memoria histórica alrededor de la inhumación?

—Y de pedagogía para la democracia… Porque el problema es que si esto se va a utilizar como un instrumento de poder, que es lo que tienden a hacer con la memoria, entonces pierde todo el sentido ético que debe tener la memoria; que es a partir de ahí que se construye una pedagogía que sirva para algo, que sirva para construir futuro. Si solamente va a ser como para decir: nosotros tenemos aquí los restos del mártir y no hay unas discusiones de quién fue, qué realidad era la que quería cambiar, por qué había tanta resistencia, por qué decide tomar las armas… Todo el trasfondo. Que haya unas discusiones mucho más profundas y se queda solamente en lo superficial: que fue el guerrillero… No va a servir de nada y va a mantener: utilizarlo como posicionarlo para posicionar posturas políticas y no para avanzar y entender la realidad de la gente; por qué hace estas cosas y cómo podemos mirarlo desde un lugar mucho más ético. Si reducen a consignas procesos o vidas complejas, no hay debate público. No se permite deliberación democrática ni reflexiones de fondo; por lo tanto, no hay pedagogía y eso es lo que veo que puede pasar en este caso, creo que es lo que ha pasado. La gente dice: el guerrillero y ya está, en vez de entender: a este señor que era un cura, ¿qué fue lo que le pasó? ¿Por qué decide un señor, que además venía de una familia de poder económico, si no estoy mal, meterse de cura y después tomar las armas? A mí me parece más interesante entender la vida para entender la realidad y el contexto de una sociedad y poder sacar de ahí lecciones. Pero aquí lo que intentan es utilizar esa figura para darle sentido a lo que otros, armados, han hecho, eso les da sentido, los legitima y no permite que vayamos más a fondo. 

—¿Petro ha ayudado al país a dirigirse hacia otra forma de entender la memoria: en favor de la democracia, de entender las heridas o sufrimientos dejados por la violencia? ¿O cómo lees tú el tratamiento de la memoria por parte del presidente?

—No, yo se lo he dicho. Y eso fue concretamente con relación al Palacio de Justicia. ¿Dónde está el Centro de Memoria Histórica orientando una discusión? ¿Qué es lo que pasa, por qué este silencio y este vacío del Estado en un tema que es trascendental, justamente para fortalecer la democracia? No creo que Petro se oponga, pero lamentablemente a quienes debían haberse hecho cargo de esto en su gobierno les ha faltado mucho. También ha sido muy parcializado. Ellos con su tema del M-19, ahí es donde han intentado hacer memoria. Hay que hacer memoria sobre los grupos armados pero cómo se hace es super importante. Ellos lo han hecho usando la memoria como herramienta de legitimación y sin que haya estos debates y reflexiones más profundas, que es lo que permite avanzar. Entonces, sí veo que ha faltado todo. A veces me pregunto si es falta de conocimiento de cómo se utiliza la memoria para la democracia y no solamente para posicionar proyectos políticos; por eso ahorita la intención de entrevistar a los candidatos: porque es un tema tan trascendental que atraviesa cualquier debate político pero no se entiende; ni conceptualizado, como si fuera solamente esto de posicionar una posición política y decir que alguien era buena persona y ya está. No se si es por falta de comprensión del potencial que tiene la memoria o por oportunismo o un poco las dos. Sea lo que sea, el Centro Nacional de Memoria Histórica está para conducir este tipo de discusiones, de reflexiones y se hubieran podido hacer tantas cosas maravillosas, que digo: ¡no puede ser! Ha hecho más el centro distrital que el Centro Nacional de Memoria. Luego también pasa que hay entidades del Estado que han hecho programas de memoria pero con gente que no sabe de memoria y creen que hacer memorias es poner a la gente a hablar o hacer un mural y me molesta que se pierda la oportunidad y que no se haya querido entender el deber del Estado en este sentido: construir memoria no para posicionar proyectos políticos, no para legitimar al M-19, no para que el ELN en este caso tenga un mártir que pueda poner sobre la mesa, sino para preguntar cómo construímos relatos de nación que permitan una unidad y una democracia mucho más consolidada. Esto pasa por tener una memoria ética, pero esto no lo veo en Colombia.

—Para el caso de Camilo, tampoco aparecen las entidades de memoria. No conocemos que haya un plan con relación a una memoria complejizada.

—Ese es el deber del Estado, entrar a dar los debates, a producir deliberación y no conflictos, sino controversia. Pero no. Les implantan es un eslogan de quién era Camilo y así es con todo: el abuso de la memoria. Obviamente está faltando una orientación y un compromiso mucho más explícito del Estado. 

—¿Conoces experiencias positivas, constructoras de democracia, en que se complejiza la memoria del actor armado?

—El tema es que los países que pasaron por conflicto o dictaduras tuvieron guerrillas que eran mucho más fáciles de reivindicar, porque no tuvieron esta degradación que hubo en Colombia. Por ejemplo, en Uruguay, para los Tupamaros que después estuvieron en el Frente Amplio: reivindicar su lucha. En el caso colombiano, ¿cómo se va a reivindicar desde el lugar del guerrillero a una guerrilla que se ha degradado y que se ha extendido durante tanto tiempo? Pero el caso de Camilo es diferente. Le podemos criticar que haya entrado a la guerrilla y tomado las armas, a los que no nos gustan la violencia ni las armas. Pero lo que no se puede desconocer es todo lo que hubo antes y reducirse solo a eso. Entonces al poder hablar de esta persona con todas sus luces y sombras es cuando podemos tener una discusión sobre por qué la democracia en Colombia ha sido tan débil, que lleva a la gente a tomar las armas. ¿Ha habido un estado de derecho realmente; perspectivas sociales para la gente o no? ¿Cómo cambiamos esas realidades? Y ahí es donde podemos poner una figura como Camilo al servicio de la justicia y del futuro. Difícil comparar la guerrilla colombiana con las guerrillas del Cono Sur o las de Centroamérica. Acá es muy difícil.

—¿Hasta qué punto la narrativa del heroísmo o la visión sacrificial en torno a personajes como Camilo contribuye o no a ir más allá y hacer de la memoria una herramienta de democracia?

—Ese es el problema y ellos nunca dejan su militancia de lado. Yo lo he visto en todos los que pasaron por la guerrilla, incluso los que llegan a ser críticos. Pero, para ellos es muy importante porque es lo que les da sentido a su vida, también; a su paso por la guerrilla. Lo mismo sucede con los militares. Tema del héroe y del discurso épico de que estaban haciendo algo por el bien de nosotros. Siempre es el mismo relato sea fuerza pública o grupo armado no estatal, paramilitar o los otros; siempre están en función de nuestro bien y por eso ellos son héroes. Pero para ellos es la manera de darle sentido y de justificar su paso por ahí. Pueden criticar que sí, que hicieron cosas malas, pero quedan como con una cosa: como el tatuaje toda la vida.

—Para el caso colombiano, ejemplos de relatos de procesos de memoria que sí unan a la nación…

—Eso apenas está entrando en Colombia. Si bien hay muchas iniciativas de memoria, las siento mucho en estos términos de reivindicación; que la comunidad hace un mural para decir que sus hijos eran buenas personas o salen a la plaza de Bolívar. Pero, a partir de esa reivindicación, ¿cómo transformarlo en algo mucho más, un formato que sirva para fortalecernos? —suspira—. Por eso nosotros estamos tratando de sacarlo de ese lugar; la pequeña fundación: cómo hacerle entender a la ciudadanía, primero. Obviamente, el Estado tiene un deber, pero los ciudadanos también tenemos el deber de la memoria. Y exigir que salga de ese lugar. Así ha sucedido con los derechos humanos en Colombia, recuerda: en los ochenta no se hablaba de DIH sino de derecho de gente, no se entendía: esa vaina de los DDHH qué es. Fue muy lentamente que entró en la comprensión de la sociedad de qué estábamos hablando. Lo mismo sucede con la memoria y las posibilidades que ofrece más allá de posicionar un proyecto político o decir: mi familiar era buena persona y hay que recordarlo. Pero, tampoco es que me haya puesto a estudiar todo. Creo que hay un vacío. Lo he dicho en universidades y la gente se molesta. Estoy planteando otra cosa y no lo veo. Tema de los colombianos: se sienten amenazados, cuestionados y a la defensiva. A ver cómo lo hacemos. 

—Dentro del movimiento de víctimas y líderes en materia de memoria, ¿qué significado tiene la lucha de Javier Giraldo?

—Es absolutamente legítimo y válido que se busque a los guerrilleros que están desaparecidos. Es una locura que en Colombia hasta hace poco no buscaban a los guerrilleros porque eran combatientes. Que él haya elevado esa solicitud y que esté detrás de reivindicar la figura de Camilo me parece absolutamente legítimo. Pero él también va más allá. Es un intelectual. Reflexiona sobre estas cosas, organiza las comunidades de base. Ahí empieza el trabajo con la gente: a partir de la figura de alguien. No he leído lo que ha escrito Javier en torno a Camilo pero sí otras cosas y me puedo imaginar que él no se va a quedar solamente en eso. Piensa más en términos: aquí estamos todos. No va a utilizar la memoria para polarizar más. No lo creería. Tampoco va a negar si alguien se hubiese podido sentir ofendido. Ni negacionista, ni reduccionista, ni que no entienda la importancia de la memoria para generar discusiones de fondo. Me parece muy bueno que esté detrás. Ha aportado mucho al país. Las cosas que he leído de él son maravillosas.

*Fotografía tomada por Daniel Pineda

Lea la crónica de este especial:

Camilo en su nicho: crónica en cuatro actos

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