
Por Miguel Estupiñán
Los pájaros de Mario Fernández no cantan en el relato de Óscar José Rubio Murillo. Gritan dentro de sus jaulas, en la prefectura del sacerdote, testigos de los horrores que este exalumno del Colegio Calasanz de Medellín asegura haber vivido a manos del religioso español cuando cursaba primero de bachillerato.
Nacido en 1968, en Turbo (Antioquia), Óscar había estudiado toda la primaria en el colegio. Noveno hijo de un panameño y de una chocoana, conoció el demonio del racismo antes de que a este se agregara el de los abusos sexuales por parte del cura.
Así describe la apariencia del sacerdote: “Siempre mantenía una camisilla blanca con los sobacos amarillos del grajo y el olor tan asqueroso que expelía (…) Usaba pantalones de Terlenka muy subidos por encima de la cintura”.
Según él, si hubo quienes no lo protegieron cuando era niño, no faltó quien, indiferente frente a su drama, le hiciera pensar que se merecía lo que le pasaba. Otros, acaso cómplices, se acostumbraron a que Fernández lo sacara de clase varias veces por semana con la excusa de confesarlo, siendo otras sus intenciones.
Afirma que las agresiones sexuales ocurrieron también en la residencia de los escolapios, en una pequeña capilla y en las perreras del colegio. Es lo que manifiesta haberle dicho a un cura años atrás, cuando volvió al Calasanz de Medellín en busca de sanación y de consuelo, pero solo obtuvo como respuesta una frase que todavía lo desconcierta: “Esas no son cosas de Dios, sino de los hombres”.
Mientras recorrían el plantel y él le señalaba cada uno de los escenarios de su historia, sintiendo que su interlocutor no terminaba de darle fe a su relato ni de censurar tajantemente a quien él calificaba de abusador, lo único que atinó a agregar fue: “¿Y las víctimas dónde quedamos?”. Pregunta que su anfitrión nunca contestó.

Según los escolapios, propietarios del Colegio Calasanz de Medellín, Mario Fernández Fernández llegó a Colombia en 1953. Vivió en Cúcuta, Bogotá y Medellín, antes de regresar a España, donde murió el 25 de julio de 1989. En el Calasanz de Medellín trabajó entre 1963 y 1968, y, nuevamente, a partir de 1970 hasta su regreso a Europa.
Afirman hoy los religiosos que nunca se conoció una queja en su contra; no hubo denuncia de exalumno alguno por supuesto abuso sexual de menores. Información que contradice Óscar, fechando su regreso al colegio en 2011, después de una conversación con Mauricio Vélez, entonces párroco de la Inmaculada y en la actualidad obispo auxiliar de Medellín, a quien asegura haberle confiado su historia. Óscar ahora cree que Vélez lo remitió a la orden religiosa para no hacerse cargo de la denuncia. Y aunque los escolapios niegan saber de su relato, se ratifica poniendo su nombre por delante.
Una experiencia medicinal con el yagé
Óscar es fisioterapeuta y trabaja al servicio de la recuperación emocional de otras personas. Una profesión que se ha enriquecido gracias al yagé, medicina originaria del Putumayo que conoció hace más de treinta años y que ha sido definitiva en el avance de su proceso personal.
Describe como una alquimia haber podido transformar el dolor. Asegura que enfrentar el miedo lo ha llevado, incluso, a ver con otros ojos el abandono y el rechazo experimentados en su infancia.
Según él, el yagé no sana, sino que eleva el nivel de conciencia para “dejar de hacer lo que te hiere”. Los efectos del abuso que asegura haber sufrido a manos de Mario Fernández le abrieron el camino a otros episodios de violencia que se acostumbró a tolerar.
Durante años se sintió como un paria. Hoy, fruto del proceso adelantado, se siente vivo, libre y en paz; conectado con dones que le permiten ayudar a personas con experiencias como la suya.
“Que me vean la cara o el nombre me da igual; es más, me interesa que lo vean porque esto hay que visibilizarlo”, afirma. “Precisamente por no visibilizarlo es que siguen haciendo lo que hacen”.
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