Lilia Clemencia Solano Ramírez, la viceministra de Petro para el Diálogo Social, echó a un periodista de su despacho el martes 6 de febrero de 2024.
Crónica de @HaciaElUmbral
“Acompaña al señor hasta la salida”, le oyó decir el realizador audiovisual Héctor Mauricio Pérez Casilimas a su futura jefa, Lilia Clemencia Solano Ramírez, el martes 6 de febrero de 2024 a la 1 p. m.
Ese día, mientras esperaba «gestionar el contrato para entrar a laborar con la vice» en el área de Comunicaciones, Héctor Mauricio Pérez Casilimas aceptó hacerle un favor a un periodista acabado de llegar a la casona que aloja la sede del Ministerio del Interior: tomar un par de fotos y registrar el audio, como respaldo, durante una entrevista con la viceministra de Diálogo Social del Gobierno de Petro.
El reportero de 1,80 de estatura, pelo largo y lentes oscuros le preguntó por uno de los principales colaboradores de la viceministra: «¿Está Abilio?». Héctor Mauricio Pérez Casilimas dijo que no y en ese momento, alrededor de las 12:30 p. m., la secretaria Wendy Sarmiento les pidió al entrevistador y al realizador audiovisual que entraran a la oficina de la viceministra, ubicada en el segundo piso de La Giralda.
Detrás del umbral, una máscara de león parecía vigilar cada movimiento en ese rincón de la mansión bogotana.
El periodista y la viceministra se dieron la mano, antes de sentarse frente al mismo extremo de una mesa de madera larga, puesta junto a un ventanal con vista a un paisaje de techos coloniales y palmeras.
La entrevista comenzó con referencias a viejos amigos de Lilia Solano vinculados, como ella, al mundo religioso: Franz Hinkelammert, economista y teólogo alemán; François Houtart, cura belga antiglobalización; Gustavo Pérez Ramírez, sociólogo…
—Gustavo ya murió, ¿no? —preguntó la viceministra.
—Aquí le hicieron un homenaje —alcanzó a decir el reportero, asintiendo y refiriéndose a un evento llevado a cabo el 6 de noviembre de 2018, cuando fue interrumpido.
—Bueno… Le hice, yo —dijo, sacando pecho, Solano y se rio—. Le organicé el homenaje en el Congreso de la República, cosa que nunca le habían organizado en Colombia. Un viejito que fue colega de Camilo Torres —le explicó la viceministra a Héctor Mauricio Pérez Casilimas, ya ubicado, diligentemente, al extremo contrario de la mesa, detrás de una cámara de video y en frente de una grabadora de voz. El joven, de ojeras y pómulos pronunciados, ignoraba que, además de condiscípulo del mítico cura revolucionario y ficha clave en la historia de la cristianismo rebelde en América Latina, el «viejito» del que hablaba su jefa había sido muy importante en el cine, como director del Instituto Colombiano para el Desarrollo Social (Icodes), una de las productoras modernas de cine en el país.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó el entrevistador, anticipando que no contaría con lo necesario para una entrevista a profundidad, como la que llevaba preparando hacía varias semanas.
—Tengo que salir diez pa la una —contestó ella.
—Diez pa la una —repitió el periodista, calculando el tiempo—… O sea, ¿veinte minutos?
—Ajá —respondió la viceministra.
—Listo. Hablemos de Camilo —dijo el reportero, refiriéndose al cofundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, a cuya memoria Lilia Solano dedicó, alguna vez, una «cátedra sobre pensamiento de liberación en América Latina»—. ¿Cómo puede incidir el Gobierno para una eventual canonización de Camilo Torres Restrepo?
—Le voy a decir la verdad. De eso de canonizaciones no sé nada —contestó la viceministra, sonriendo, en alusión al acto mediante el cual la Iglesia católica declara santa a una persona—. En otros pueblos, cuando ha habido canonizaciones de líderes espirituales y populares, hay, ya, todo un aura de santidad. Por su carácter, Camilo se ha encarnado en las luchas populares, académicas y espirituales, porque fue religioso, profesor y líder político —añadió, tomando parte en un debate historiográfico, pero omitiendo un detalle no menor: Camilo Torres Restrepo también fue guerrillero—; un hombre al que le encantaba la fiesta. Hay historias de Camilo en las que, una y otra vez, se cuenta que era alegre y le gustaba hasta tomar aguardientico. Pero eso no está en las biografías. Desde mi punto de vista como librepensadora que se ha dedicado al pensamiento crítico, yo pienso que, al contrario, más que canonizarlo, debemos entender cómo, una vez enraizado Camilo en los pueblos, ya no es el de ese momento, sino cómo vuelve y renace en esta coyuntura, que es diferente a la que vivió, y cómo nos sirven su vida, su testimonio y sus apuestas.
—¿Una figura como Franz Hinkelammert cómo puede contribuir al trabajo que usted hace? —preguntó el entrevistador, refiriéndose a uno de los intelectuales cristianos que más ha marcado la trayectoria de la viceministra.
—El domingo, a las once y media de la noche, terminé un artículo que no he revisado. Mejor ni lo reviso; si no, me gasto otra semana cambiándolo —dijo ella, yéndose por las ramas—. Hay un libro que van a publicar sobre Franz Hinkelammert y me pidieron, como yo estaba tan ocupada: «¿Por qué no hace algo más tranquilo, no académico, sino del corazón?». Porque fuimos amigos. Fue maestro. Además de maestro, fue un tremendo inspirador para mi vida, porque yo soy filósofa, teóloga y he hecho… Estoy haciendo un doctorado —se corrigió, como quien calcula sus palabras—. Pero me convertí a la causa de la economía, como autodidacta, gracias a Camilo… Ve, perdón: gracias a Franz Hinkelammert —aclaró, después del lapsus—. Tengo toda suerte de anécdotas con Franz, y cuando la familia me dijo que estaba, ya, muy enfermito, fui a Costa Rica y pasé una tarde maravillosa con él. Y lo último que le prometí, que lo voy a hacer, es que voy a publicar un último libro, que ya está publicado en Costa Rica, y que voy a publicar aquí, porque, en diferentes momentos de la vida, cuando yo estaba en la Nacional, en la Distrital o en la Javeriana, le publicamos todos los libros. Yo fui profesora en esas universidades y estaba fascinada con él, no solo como maestro, sino como amigo.
—¿El pensamiento de François Houtart en qué puede aportar al trabajo que usted hace hoy en día? —preguntó el periodista, sin tiempo, ya, para repetir la pregunta anterior, cuya respuesta se quedó en el tintero.
—François fue un hombre diferente —dijo la viceministra y aquello sonó a eufemismo—. Hinkelammert era economista, teólogo y politólogo. La diferencia con François Houtart es que este estuvo muy conectado a las luchas sur-sur, entonces se recorría, literalmente, el mundo apoyando las resistencias, sobre todo… También académicamente, produciendo para esas resistencias. Mientras que Franz se dedicó a la producción de pensamiento crítico, más como un académico, François recorría y conectaba el mundo. Aquí trajo gente que acompañaba los movimientos sociales en Vietnam y llevaba gente de la India. Eso lo expresó en el Foro Social Mundial. Entonces, también era un activista —concluyó, omitiendo referirse al hecho de que su mentor en Bélgica, el sacerdote altermundista François Houtart, murió en la impunidad, a pesar de haber confesado que abusó sexualmente de un niño.
—¿Qué hace la dirección de asuntos religiosos para garantizar la participación de representantes eclesiales territoriales en la agenda de la paz total?
—La dirección de asuntos religiosos, en sus momentos, ha tenido énfasis particulares —respondió la viceministra, sin explicar dichos énfasis… Ya no había tiempo para una contrapregunta sobre el tema. La viceministra continuó— Pero en este Gobierno estamos con un presidente que está completamente comprometido, como él dice, en asuntos de tierra, educación y paz. Si logramos eso, ya coronó. La paz es central en la agenda de todas las direcciones. No solo la paz total. Aquí, en el viceministerio, nos dedicamos a la paz territorial con el diálogo. Con la dirección de asuntos religiosos estamos en lo mismo. Hemos tenido audiencias en el Congreso. Tenemos un marco en términos de resoluciones y programas que nos ayudan a transitar este camino para que ese diálogo religioso también sea por la paz.
—¿Usted tiene religiosos en su equipo?
—Depende —contestó Solano y guardó silencio un instante, como quien mide sus palabras—. Más que religiosos, esperamos que en todas las direcciones, y en esta en particular, la gente sea profundamente espiritual, porque, si hay espiritualidad, se entiende el ecumenismo, el respeto a las creencias y la afirmación de que la espiritualidad atrae un sentido de esperanza, de transformación a la vida de los pueblos.
—Entonces corrijo mi pregunta —dijo el reportero—. ¿Cuántos líderes del campo cristiano progresista están en su equipo y cómo se llaman?
—Cada dirección tiene un equipo. En este momento acaba de multiplicarse el equipo de asuntos religiosos, que tenía ocho personas. Estamos en la contratación este año, pero va a llegar a tener treinta y tres personas. Los nombres de todas estas personas no los conozco. La directora de asuntos religiosos se llama Amelia Cotes y, en efecto, viene de un sector de la religiosidad. Pero nuestro diálogo siempre es por una apuesta ecuménica, si bien hay tareas que tienen las direcciones que son más de registro y otras cosas.
Entre Solano y Cotes existen notorias diferencias a nivel político y teológico. Mientras la primera exalta la «espiritualidad» e históricamente ha estado vinculada al Polo Democrático Alternativo, la segunda proviene de un entorno cristiano mucho más conservador, cercana, como es, a Alfredo Saade, el pastor camaleónico que, después de transitar por años entre los partidos políticos Centro Democrático, Cambio Radical y Liberal, hoy se declara petrista.
—¿Qué papel tiene Chris Ferguson en el trabajo que usted lleva a cabo? —preguntó el entrevistador, refiriéndose a otro viejo conocido de la viceministra, un pastor de la Iglesia Unida de Canadá que se ha desempeñado como secretario general de la Comunión de Iglesias Reformadas, una de las articulaciones más importantes del campo cristiano protestante a nivel mundial.
—Chris es canadiense y ha venido en diferentes momentos de la historia a Colombia —contestó la viceministra, antes de aportar un dato sobre su vida que nadie le estaba pidiendo—. Yo hice, por un breve espacio, unos estudios en Toronto, sobre todo el idioma; y vi que había gente que entendía América Latina como nosotros queremos que se entienda. No de una forma paternalista, sino como «bueno, estos son nuestros compañeros». Entonces lo invité a hacer parte de una estrategia que se llama Grupo de Referencia Internacional, es decir, algunas personas de otros países que tienen formación en temas de diálogo y paz, para que participen en algunas de las ochenta mesas de diálogo y seguimiento.
—¿Quiénes de sus principales colaboradores provienen del campo camilista y liberacionista? —preguntó el periodista, insistiendo en el asunto de la conformación del equipo de trabajo.
—Bueno, yo creo que… Ah, ¿dice «sus colaboradores» aquí? —trastabilló la viceministra, antes de irse por las ramas, nuevamente—. Bueno, acá tenemos que estar profundamente convencidos de esa triada que tiene el diálogo que practicamos: escucha activa, diálogo genuino y concertación. Eso requiere, no solamente, tener un título, sino una formación; no solo ser profesional, sino tener una formación que permita, más que el título de camilista, la práctica holística de vivir integrando los principios de Camilo; un estilo de vida, no como «el santo patrón».
—¿Y quiénes son sus principales colaboradores de ese campo? —volvió a preguntar el reportero, negándose a soltar la pregunta cual perro que muerde un hueso.
—¿Acá? Eh… Tenemos un equipo… Como hay cinco direcciones… ¿Ya te dije eso? —preguntó Solano, evasiva, mostrándose nerviosa—. Dirección de Asuntos Afro, Dirección de Asuntos Indígenas, Dirección de Derechos Humanos, Consulta previa y Asuntos Religiosos… Y… Creo que ya dije Dirección de Derechos Humanos. Entonces, lo que tenemos es dirección. Aquí hay equipo de diálogo, que me acompaña al seguimiento a mesas, pero en cada dirección hay equipos de trabajo que tienen, lógicamente, un director y gente, la mayoría, que, en las tareas de diálogo, son preparados y son cercanos y son buenos.
—En el equipo de diálogo, entre los «preparados, cercanos y buenos», ¿quiénes provienen de un sector vinculado a la teología de la liberación? —reiteró el entrevistador, refiriéndose a un movimiento religioso, en el seno del cual, por momentos, se ha pretendido justificar la toma del poder por parte del «pueblo», apelando a la Biblia como argumento de autoridad.
—Abilio Peña, ¿no? —dijo la viceministra, refiriéndose a un discípulo del jesuita Javier Giraldo que trabajó muchos años en una oenegé llamada Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, antes de enemistarse con su colega Danilo Rueda, primer alto comisionado para la Paz del Gobierno Petro—. Tenemos también a Sandra Liliana Caicedo, que viene de las Casitas Bíblicas, un trabajo popular que se hacía a través de Dimensión Educativa —agregó Lilia Solano, refiriéndose a una organización fundada, entre otros, por el salesiano Mario Peresson, autor de Sólo los cristianos militantes pueden ser teólogos de la liberación y promotor de la pedagogía del brasilero Paulo Freire.
La viceministra también se refirió a Luis Carlos Osorio, entre «otros compañeros que, aunque no vienen de procesos religiosos, vienen de procesos sociales». Y estaba explicando que, entre quienes conforman su equipo de trabajo, bautizó como «postes de diálogo» a seis personas particularmente comprometidas «con el trabajo y con las causas», cuando se detuvo con aparente amabilidad para añadir:
—El lío de publicar así es que, si pones nombres, después dicen: “Ah, es que ella prefiere a estos y no a estos”. Entonces, te pediría que omitas nombres, porque si no…
—No, yo no omito —la interrumpió el periodista, tajante y hasta con frialdad.
—Ah, bueno… Entonces tengo que tener es más cuidado —aseveró, como pensando en voz alta.
—Última pregunta antes de pasar al cierre…
—Si no omites… Yo cometí un error, porque la gente va a decir: «usted prefiere a estos y no a otros» —dijo la viceministra sin aclarar a qué gente se refería—. Acá esto es el ministerio de la política…
—Aclare de una vez y ahí queda en la entrevista. No se preocupe —dijo el reportero.
—Entonces dejemos hasta aquí —sentenció Solano.
—Usted verá si quiere responder la siguiente pregunta —añadió, impávido, el entrevistador.
—No, porque yo te estoy diciendo…
—Perfecto —la interrumpió el periodista.
—No hicimos unas reglas de juego, al inicio.
—Ya existen unas reglas en el periodismo.
—Sí, pero nosotros tenemos que —dijo la viceministra antes de detenerse—… Aquí en el ministerio de diálogo —agregó y se detuvo de nuevo…
—Excelente diálogo el suyo —dijo el periodista.
—No, pero cualquier cosa es un motivo para…
—Yo soy periodista. Usted es funcionaria y me está cortando el diálogo…
—No, pero nadie viene —dijo Solano antes de detenerse, para escoger sus palabras con cuidado—… Yo hablo con todo el mundo, pero si alguien me viene a pedir nombres…
—Es que eso se puede, también, a través de un derecho de petición, viceministra. ¿Qué hacemos? —la interrumpió el reportero.
—Es que mi punto no es así…
—¿Cuál es su punto?
—Que nada que yo haga genere enseguida que otro diga: «ah, es que usted prefiere a estos, prefiere a estos»… Te lo dije así, en la forma más natural —añadió sin aclarar a cuál otro se refería—.
—Pero sabe que esto es una entrevista, ¿verdad?
—Sí, pero no pensé qué —dijo la viceministra antes de detenerse, midiendo sus palabras y tentada por la resignación—… Bueno.
—¿Pensó que yo era qué? —dijo el entrevistador con altivez— Yo soy periodista.
—Te digo que, en las entrevistas, si nos ponemos a decir nombres, después otros van a decir: «ah, es que… estos son los predilectos» —dijo Solano sin aclarar a cuáles otros se refería—… Y más, a la tarea que…
—¿Podemos seguir?.
—Espérate explico —añadió la viceministra con mayor nerviosismo.
—Este no es el punto más importante de la entrevista.
—Entonces, yo te hago una pregunta…
—¿Cuál?
—¿Dónde vas a publicar esta entrevista? —preguntó la viceministra con preocupación. El periodista no se sintió obligado a contestarle. Tranquilo, en su condición de escritor freelancer, prefirió avanzar en su cuestionario ecléctico.
—¿Qué resultados hay en los diálogos entre comunidades negras y pueblos indígenas en el Cauca en materia de resolución de conflictos de tierras? Eso es más importante que lo que estamos debatiendo —añadió el reportero.
—¡Pero no me pidas nombres de nada! —dijo Solano con tono severo.
—Le estoy diciendo: ¿qué resultados hay en los diálogos entre comunidades negras y pueblos indígenas en el Cauca en materia de resolución de conflictos por tierras?
—Tenemos una mesa en el norte del Cauca —explicó la viceministra, a pesar de que segundos antes había pretendido terminar la entrevista antes de tiempo—. De las ochenta mesas a nivel nacional, por lo menos unas veinte son en ese departamento. Te voy a hablar de la del norte del Cauca, que es donde están afros, indígenas, campesinos y empresas. En estas mesas, uno de los temas más importantes es tierras. Entonces, avanzamos, en medio del diálogo, en cómo se garantizan, en un territorio que también ha estado cruzado por la violencia y por las disputas, unos acuerdos para que las garantías de vida y del bien común sean para todos y para todas… Te dejo un ejemplo concreto: la mesa del norte del Cauca está presidida por la vicepresidenta, una mujer afro que ha hecho esa apuesta, también, como ministra de la igualdad: que haya garantías para todos los pueblos; para que, en vez de enfrentarnos, podamos avanzar sabiendo que compartimos todo.
—En este momento hay un caso ante la Corte Constitucional con el fin de acceder a información de la Iglesia católica sobre pederastia —explicó el entrevistador, cambiando de tema abruptamente—. ¿Usted qué opina de ese proceso? La Iglesia niega el derecho a la información a los periodistas que piden datos sobre sacerdotes denunciados —mientras terminaba de ser formulada la pregunta, la viceministra hacía sonar la mesa con una de sus manos; suavemente, pero con impaciencia.
—Todo lo que corresponda al ámbito de la justicia, cuando se cometen delitos, debe ser objeto de investigaciones, de sanciones; más un tema tan vulnerado —contestó la viceministra, después de guardar silencio, al menos, por tres segundos y aventurando una respuesta ya con voz cansada—. Todos esos casos deben ser investigados y sancionados.
—¿Usted cree que van a tumbar al presidente? —preguntó el periodista, en atención a la publicación en X del 2 de febrero, con la que Gustavo Petro denunció una supuesta «ruptura institucional» en contra de su gobierno y convocó «la máxima movilización popular por la decencia».
—No —contestó, tajante, Lilia Solano.
—¿Por qué no? —le preguntó el reportero a la funcionaria encargada de diálogo con los movimientos sociales.
—Por la base social que lo acompaña —agregó la viceministra antes de una breve aclaración—… Y lo digo yo, que recorro todo el país, no de turista, sino acompañando respuestas a las conflictividades: la base social que apoya al presidente, las reformas que él está proponiendo y este cambio. Él dice: «mi proyecto es que haya un cambio por la vida». Eso tiene más respaldo de lo que sale en Caracol, RCN y La W. La gente que lo eligió y siente que también gobierna, porque cree que sin esas reformas este país no va a cambiar, está dispuesta a hacer todo para que no sea cambiado su proyecto.
Por la mente del entrevistador pasó el recuerdo de Camilo Torres Restrepo, «religioso, profesor, líder político»… pero, también, guerrillero dispuesto a dar y quitar la vida por Cristo.
—¿Qué tanto está hablando usted con sectores sociales no afines al presidente?
—Con todos —dijo, tajante, Lilia Solano.
—Pero ¿qué tanto? —reiteró el periodista— ¿Esta semana con quién habló de la oposición?
—Bueno, te voy a explicar… ¡No! —en ese momento, la viceministra se detuvo, calculando, de nuevo, sus palabras, con un tono de voz ya muy distinto al de la aparente amabilidad de un inicio—. No me gusta que me lleves así. Yo doy mi opinión, porque es esta: cuando hay un conflicto, mesas, paros, bloqueos, no preguntamos usted de qué partido es ni de qué fuerza política es, sino si es indígena, campesino, afro, ambientalista, mujer; y nos vamos de una vez con las entidades articuladas a responder. En todos los casos, lo último que sale es si hay o no respaldo al presidente.
—Pero ¿usted cree que Caracol, RCN y La W están en guerra contra el presidente? —preguntó el reportero, refiriéndose a los medios de comunicación que ella había mencionado segundos atrás.
—Lo que yo quise decir es que ellos ambientan críticas permanentemente…
—¿Y eso no es bueno? —preguntó el entrevistador— Usted viene de un sector del pensamiento crítico…
—¡Por eso!
—¿La crítica le molesta al Gobierno?
—Yo tengo derecho a decir que hay crítica, pero también que, en muchas ocasiones, hay crítica que no es cierta, entonces…
—Un ejemplo…
—Una cosa es el pensamiento crítico y otra cosa muy diferente es la producción de fake news o noticias falsas.
—¿Usted le atribuye a Caracol, RCN y La W estar produciendo noticias falsas sobre el presidente?
—Pues… algunas veces producen —matizó la viceministra, antes de asumir una postura arrogante—… ¿Qué quieres que yo diga: que sí o que no? Tú dijiste: la última pregunta y luego…
—Es que mi cita era ayer. Qué pena, sumercé —explicó el periodista, recordándole a la viceministra que lo había dejado plantado en la víspera, para luego reagendar la entrevista varias veces—. Hoy tenía cita a la una y me hicieron llegar más de media hora antes. Yo tengo tiempo, me vine juiciosito; pero ahora usted me dice que no le puedo preguntar lo que quiera.
—No, porque ni siquiera pregunté dónde vas a publicar esta entrevista, que es lo primero que debí haber hecho —añadió Lilia Solano, como quien confiesa un error con frustración.
—¿Y por qué le preocupa eso?
—No me preocupa, es una cosa obvia que uno pregunta.
—Si sale en Caracol, RCN o La W, ¿le molestaría?
—No, ¡mejor! Me encantaría, porque quiere decir que quieren oír otra voz. Y debo corregir, porque La W sí me ha entrevistado y me ha dado la oportunidad; no como quisiera: participar más, pero sí de explicar algunas cosas, cuando me ha entrevistado. Entonces, si sale ahí, felicitaciones.
—Bueno, usted me ha dado la oportunidad de hablar. Espero que en el futuro me siga dando la oportunidad de seguir hablando con usted.
—Sí, pero, si usas «dígame tal nombre, dígame tal nombre», eso después me va a costar que haya gente enojada porque simplemente vamos todo el tiempo a conflictividades. Tampoco puedo exponer a la gente. «Dígame tal nombre, dígame qué opina de tal cosa, dígame qué opina de Ferguson»… Ahora pensé: ¿por qué se puso a preguntarme eso?
—Es que yo estoy interesado en los funcionarios.
—Ah…
—Y tanto así que…
—Entonces, por qué no buscas… —se detuvo, nuevamente, como midiendo sus palabras—. Yo no puedo ponerme a decirte, para después…
—¿Dónde busco? —preguntó el reportero.
—¡No! Es que tú no quieres poner un tono de diálogo —le recriminó Lilia Solano—, sino que vienes a la defensiva… ¡Yo no tengo la culpa!
—Es que…
Al momento de ser interrumpido, el periodista intentaba recordarle a la viceministra que acceder a veinte minutos de entrevista había implicado casi un mes de desplantes: que uno de los principales colaboradores de Lilia Solano lo dejara en visto cuando el 13 de enero de 2024 el reportero le pidió el contacto de la viceministra; que, dos días después, a lo largo de toda la mañana del 15 de enero, nadie contestara sus llamadas en el despacho; que lo hubieran hecho perder el tiempo en la víspera, para luego reagendar la entrevista varias veces…
—Ayer estaba en Cancillería porque me llamaron y fui a una cosa urgente. ¡Eso era todo! —dijo la viceministra, sin el menor asomo de vergüenza, omitiendo explicar la razón del cambio de última hora de una cita prevista, inicialmente, para la 1 p. m. de ese día.
—¿Y es que, acaso, es pecado estar a la defensiva con una viceministra? —preguntó el entrevistador echando mano de un concepto teológico harto conocido.
—Pero, por qué no… —trastabilló, de nuevo, Lilia Solano, antes de recobrar su talante aleccionador—. No había necesidad de entrevistar a alguien cuando vienes de una vez…
—¿Cómo se debe entrevistar a una viceministra?
—¡Tú eres el periodista! —contestó con impaciencia la encargada de Petro para el diálogo social, golpeando la mesa—. Yo pensé que era un diálogo y no: “Deme los nombres, deme los nombres”.
—Es una entrevista, no un simple diálogo —añadió el reportero en voz baja y con frialdad.
—¡No! Usted… Usted quiere… —volvió a trastabillar la viceministra, cada vez más impaciente y agitada, abandonando por un momento la confianza del tuteo—. Yo no sé para qué usted quiere, por ejemplo, sacar estos nombres. ¿Para qué? —preguntó casi con desesperación, golpeando la mesa, más fuertemente que la vez anterior.
—Porque yo estoy investigando —contestó el reportero.
—¡Por eso! ¿Qué investiga? —preguntó, casi agotado el espacio que la alejaba de su umbral de tolerancia.
—¿Le preocupa? —preguntó el entrevistador.
—No, no me preocupa… ¡Pero usted conteste! —ordenó la viceministra subiendo la voz. Su melena, roja como la de «la reina de las tablas», Fanny Mikey, parecía despeinarse con cada palabra que decía.
—Es que usted no es la que me entrevista a mí —dijo el periodista en voz baja.
—Ahh… —dijo Lilia Solano con resignación, mezclando la expresión con un suspiro; de nuevo, con la mente puesta en su error—. Comenzamos un diálogo sin ni siquiera yo haberte preguntado dónde vas a publicar esto.
—Pregúntele al señor que está detrás de la puerta quién soy yo —le pidió el reportero a la viceministra, refiriéndose a Abilio Peña Buendía, uno de los «postes de diálogo» del Ministerio del Interior, que escasos minutos antes había asomado su cabeza, para luego volverla a esconder rápidamente, a través del umbral que conecta la oficina de Lilia Solano con un salón de reuniones rodeado de vitrales.
—¡Ábreme la puerta, a ver quién está ahí! —le ordenó la viceministra a Héctor Mauricio Pérez Casilimas—. Yo estoy ocupadísima —añadió con desesperación—. Le doy entrevistas a todo el que me las pide. ¡A todo el mundo! Pero no incurro en esto de: deme el nombre, diga qué opina de personas… ¿Ah? —miró al realizador audiovisual, antes de una nueva orden, ya fuera de sus casillas—. ¡Deja abierto, porque él cree que hay alguien oyendo ahí! El único que está conmigo es él —dijo Lilia Solano, dando un nuevo golpe sobre la mesa, uno más fuerte que los demás, refiriéndose al muchacho de mirada pícara que ese día, al llegar a La Giralda, solo esperaba «gestionar el contrato para entrar a laborar con la vice», aunque recibía y ejecutaba órdenes como si ya lo hubiera firmado.
—Perdón —le dijo Héctor Mauricio Pérez Casilimas a Solano, asustado, sugiriendo que la viceministra tenía otra cosa que hacer, a pesar de que ese rato en la agenda había sido reservado desde el día anterior para la entrevista—. Cuatro minutos para…
—Vamos, vamos… —dijo con afán, Lilia Solano, dirigiéndose al realizador audiovisual que ese día grabó el audio de todo lo sucedido… Como respaldo. Luego, dirigiéndose al entrevistador— Que esté muy bien.
La frase, a modo de despedida, no fue acompañada con apretón de manos ni sonrisa; agotada, Lilia Solano fue a tumbarse sobre la silla de su escritorio de servidora pública. Como haciéndole inteligencia, Héctor Mauricio Pérez Casilimas le preguntó al periodista:
—¿Usted es de la Nacho?
—¿Por qué me pregunta? —le contestó el reportero con frialdad, mirándolo detenidamente a los ojos a través de sus lentes oscuros. En ese momento el realizador audiovisual estalló en un ataque de risa nerviosa.
—Porque… No, no… —trastabilló el potencial contratista del Estado como lo había hecho la viceministra, una y otra vez, durante los veintipico minutos que duró la conversación—. Me pareció ver que usted era de la Nacho.
Ya era la 1 p. m., hora fijada desde el día anterior para la entrevista. El periodista se acercó al escritorio de la viceministra y siguió haciéndole preguntas, mientras esta, detrás de pilas de papeles y de libros, parecía cada vez más desesperada, a la manera de un león enjaulado. Para defenderse, Lilia Solano sugirió que el reportero nunca había estado en escenarios de guerra y que por eso no entendía la importancia de cuidar las comunicaciones. Fue la única vez en la que el rostro del entrevistador pareció alterarse. Pero no fue su máscara, sino la de la viceministra, la que cayó al suelo cuando la encargada de Petro para el diálogo social, le ordenó a su subalterno:
—Mauricio, acompaña al señor hasta la salida.
Recurso de insistencia a modo de epílogo
Doctor Pérez Casilimas
Ministerio del Interior
Lo saludo de la manera más respetuosa posible.
Han pasado quince días hábiles, el tiempo que admite la ley como plazo para que usted me entregue copia de la información en su poder sobre lo sucedido el 6 de febrero dentro del despacho de la viceministra Lilia Solano.
A falta de ese material audiovisual, algunas personas dudan si lo que narro en esta crónica es verdad o no.
¿Usted todavía se pregunta si nos conocíamos de algún lugar?
Tenga la bondad de atender mi derecho de petición.
Le quedaré inmensamente agradecido.
Atentamente, su colega,
Miguel Estupiñán




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