De un tiempo para acá, el petrismo ha pretendido capitalizar políticamente reiterativas referencias a la teología de la liberación.

Petro ha dicho en varias ocasiones que conoció el cristianismo revolucionario entre los lasallistas de Zipaquirá, en sus épocas de estudiante de bachillerato. Racero, su «enfant terrible», ha dicho que llegó a la política por la fe y que se formó en la teología de la liberación en trato con textos sobre Ernesto Cardenal y monseñor Romero.

Hay quienes celebran la relación entre Petro y el cardenal Rueda, arzobispo de Bogotá, en su momento activista de derechos humanos entre los indígenas del Cauca, antes formado en la escuela del cristianismo social del dominico Leonardo Gómez Serna, en Santander.

Sin duda, el Gobierno depende del episcopado para «canonizar» sus esfuerzos por la paz total y blindarlos frente a las críticas. Pero al usar políticamente la religión, Petro re-edita una práctica de larga data. Se emparenta, a su modo, con infinidad de políticos que a lo largo de la historia republicana han pretendido legitimarse apelando a la cruz. Al fin y al cabo, según cierta teología, el madero representa justificación.

Al igual que los presidentes del Frente Nacional, quienes establecieron alianzas político-religiosas para llevar sus metas a feliz puerto, Petro ha contado con teólogos de cabecera para ser cubierto por cierta supuesta desinteresada aura espiritual.

Ciertamente, el campo de la teología de la liberación en Colombia no es homogéneo. De hecho, en vísperas de la elección de Petro había notorias diferencias que se ventilaban entre los pasillos de ciertas oenegés cristianas. De un momento a otro, dichas diferencias fueron mandadas a recoger. Cuestión de cálculo político que luego quedó absolutamente clara con la llegada de ciertos personajes a instancias de gobierno.

Un defecto tradicional de la izquierda colombiana, la falta de autocrítica, se ve por estos días en grupitos «creyentes» ante los inútiles intentos de ir más allá de los elogios a don Gustavo.

Algunos analistas políticos responsabilizan también al peronismo del triunfo de Milei en Argentina y sostienen que un fracaso del gobierno de Petro en Colombia podría favorecer el triunfo de la ultraderecha en 2026. Mientras tanto, el común de los cristianos petristas (viceversa: petristas cristianos) se niega a reconocer defecto alguno en la gestión de su caudillo. Si Petro fracasa no será culpa suya. Será cuestión de eficacia política por parte de sus enemigos. Dicen.

Hay también algo de fanatismo religioso en actitudes como esa. El fenómeno no es propiedad privada del neoconservadurismo.

Los periodistas que en el pasado les sirvieron a algunos cristianos rebeldes para difundir sus condenas a Uribe han comenzado a ser proscritos porque no se adecúan a la narrativa liberacionista hegemónica. Por fortuna, piensan esos creyentes, todavía están a la mano algunos teólogos para teorizar sobre la épica religiosa y el lugar reservado en ella al presidente. Lo demás es el establecimiento y sus demonios.

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