
Por Alvin Góngora
La confesión, más ropaje de piedad cristiana que remedio emocional, parece haberse convertido en un recurso predilecto por dirigencias altamente cuestionables como las de Colombia. Parece como si el mismo papa Francisco les hubiera dado la idea. El Sumo Pontífice echó mano hace un tiempo del recurso del mea culpa para reafirmar, paradójicamente, la centralidad de su esquema clerical a despecho de las iniciativas locales (1). Fue como si hubiese sido otro caso más del proverbial “cambiemos para que todo siga igual”. Al igual que Francisco y su estrategia para salirle al paso al desafío de una vocería espiritual diversa, influyentes políticos colombianos han encontrado recientemente en el mea culpa su tabla de salvación. En el contexto de un paro nacional que se mantiene sin dar tregua, los encargados de la administración pública han tenido que salir al balcón a dar la cara por medidas que han implementado o respaldado.
En noviembre de 2020, Claudia López, la alcaldesa de Bogotá, apeló a la confesión para remediar su prestigio tambaleante (2). Incluso organizó por esos días una jornada pública de perdón cuando la brutalidad policial apenas empezaba a asomar su rostro monstruoso. Ya para entonces, algunos civiles habían sido asesinados por los agentes del orden en el curso de manifestaciones callejeras. Con todo, sus confesiones, declaraciones y puestas en escena lo que consiguieron fue exacerbar los ánimos contestatarios. Sus confesiones sonaron vacías de contenido y de acciones concretas que respaldaran alguna renuncia al uso de la violencia estatal como respuesta predilecta a las demandas ciudadanas (3).
Más recientemente, dos políticos afines al establecimiento también publicaron sus respectivas expresiones de remordimiento. Carlos Fernando Galán, vástago de una influyente dinastía liberal, actual presidente del Concejo de Bogotá y candidato en cualquier próxima elección, publicó en su cuenta de Facebook su admisión de ser parte de la maquinaria que hoy ensombrece a Colombia (4). Y pidió perdón. Sin que a la fecha haya mostrado una evidencia concreta que respalde su autocrítica. Casi a renglón seguido, Humberto de la Calle, funcionario de vieja data y habilidoso negociador a nombre del gobierno de un acuerdo de desarme con las guerrillas de las FARC, a través de su cuenta en Twitter le pidió perdón al país por no haberse esforzado más a favor de la justicia social siendo él uno de los miembro de las élites que nos gobiernan (5).
El punto máximo de esa instrumentalización de la confesión lo ofreció el ex presidente Juan Manual Santos el 11 de junio de 2021. Él fue el Ministro de la Defensa Nacional bajo una de las administraciones de Álvaro Uribe Vélez cuando el ejército ya se había concentrado en capturar y asesinar a jóvenes inocentes para hacerlos aparecer como insurgentes caídos en combate. La gravedad de esos crímenes de Estado y el alto número de víctimas (6,402 es la cifra menos escandalosa) obligaba que al menos se diera un pronunciamiento desde las altas esferas del Estado. Dado su paso por el gobierno Uribe Vélez, el ex presidente Santos acudió a la Comisión de la Verdad, una de las instancias de reparación a las víctimas dentro del modelo de justicia transicional que se acordó para el conocimiento y juzgamiento de los crímenes cometidos por los actores armados en el marco del conflicto colombiano. Su presentación tuvo la altura y el tono que es propio de los estadistas de primer orden (6). “Debemos pedir perdón” fue su conclusión. Con todo, su confesión quedó un tanto disminuida por su insistencia en que la responsabilidad última recae sobre Álvaro Uribe Vélez. Lo cual es cierto, pero sin que ello excuse por completo al Premio Nobel de Paz 2016.
De un papa progresista, pasando por figuras políticas que desde posturas afines al establecimiento posan de progresistas, a una alcaldesa que se presentó inicialmente como alguien igualmente progresista, hasta un ex presidente que se convirtió en prohombre de paz, la muy cristiana figura del mea culpa se presta ahora a servir de armazón que ajusta y fortalece engranajes en franca crisis. ¿Cuál es la salvación que les ofrece a las figuras públicas la confesión al punto que les permite admitir sus responsabilidades en el descalabro social y económico que hoy aflige a Colombia, sin que por ello se produzca ningún cambio sustancial?
Ya en El príncipe Maquiavelo aconsejaba en el Capítulo XVIII, “¿Hasta dónde deben los gobernantes ser fieles a su palabra?”, que se mantuviera la coherencia a cierta distancia: “Como ya lo dije, él (el príncipe) debe hacer lo correcto, si es que puede; pero estar preparado para hacer lo malo, si es necesario”.
Instrumentalizar el discurso parece ser, en asuntos de administración pública, un recurso más longevo que los llamados a la consistencia entre palabra y obra.
Cualquiera podría dejar pasar los mea culpa, de Francisco a un Premio Nobel de la Paz, aceptándolos como ejercicios inevitables en el mantenimiento de un orden.
Sin embargo, aquí en la vida concreta, donde la historia no se vive, ni se planea, si no que se sufre, Amanda Gorman habló por la generación actual, incluso la colombiana, cuando desde otro contexto puntualizó, durante la ceremonia de instalación de Joe Biden como presidente de su país, que esas edulcoraciones no pasan desapercibidas. Las ciudadanías, más las nuevas y plurales que las caducas y enquilosadas en un ordenamiento que se derrumba, aprenden:
“Aprendimos que la quietud no siempre es paz
y que las normas y las nociones de lo que simplemente es,
no siempre simplemente es…”
Para que haya un nuevo amanecer, toda la angustia acumulada, que equivale “a un exceso de lucidez”, al decir de Maria Casarès, debe mostrarnos que, a diferencia del de Gorman, el nuestro sí es un país resquebrajado. Y es uno que demanda que un mea culpa ya no sea un ardid, sino un compromiso con la restauración, sin la que no hay reconciliación. Esa es una de las razones por las que Colombia es otro de los países que mira con esperanza y con expectativa lo que sucede en Chile. El nombramiento de Elisa Loncon como Presidenta de la Convención Constituyente chilena habla de esos amaneceres que suelen venir, como en el poema de Gorman, precedidos de un “sin embargo”. Se trata de una fórmula adverbial que habla de la buena disposición de los colectivos a suspender el juicio que las élites merecen. Un paro nacional de más de dos meses de duración es uno de esos “sin embargo”; así como lo es una Convención Constituyente. Frente a esa disposición a la suspensión al juicio, una declaración de mea culpa que busca adocenar un cambio social profundo solo consigue avivar un malestar que parece ser el caos sobre el que se funda el ordenamiento social, político y económico hoy reinante. Y en crisis.
*Imagen: Figura y drapeado en un paisaje (1935).
Referencias:
1.https://alc-noticias.net/es/2020/02/18/querida-amazonia-un-mea-culpa-ofensivo/
4.https://www.facebook.com/carlosfgalan/videos/312493223780999
5.https://twitter.com/DeLaCalleHum/status/1398070851258441734?s=20 y https://twitter.com/DeLaCalleHum/status/1398071264074469376?s=20




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