Por Alvin Góngora

¿Qué nos justifica? ¿Qué es aquello que nos declara personas justas?

Para complicarlo más: ¿cómo es que uno se podría justificar a sí mismo, a sí misma?

Al trovador de antaño, Guillermo Buitrago, le preocupaban esas cosas. Todavía lo escucha uno angustiándose: “¿Cómo me compongo yo en el día de hoy? ¿Cómo me compongo yo el día de mañana?”. La vida para él parecía no justificarlo. Ni justificarse.

No le sucede eso a mi amigo, periodista, teólogo y hoy emigrante David Gaitán. Él dice que la justificación lo tiene sin cuidado. Es un asunto irrelevante. Supongo que él hace a un lado la justificación por cuanto su solo enunciado pulsa por allá bien adentro una cuerda que da un tono honestamente aburridor de las monotonías propias de la teología sistemática. En tal caso, me le uno diciendo que ese tema es tan irrelevante como el horóscopo diario. Y es que, además, la psicología ya nos ha explicado hasta la saciedad que uno no debe andar por la vida justificándose.

Con todo y la agudeza de Gaitán y el peso severo del veredicto de la psicología, la justificación parece ser un asunto de importancia crucial. Quizás lo que nos corresponde es arrancarlo de las garras de la teología sistemática y sus cultores. Fíjense no más en que

– limpiar nuestra imagen

– explicar nuestros actos

– poner en contexto nuestras virtudes y vicios

– ofrecer explicaciones

– pedir disculpas

– exculparnos

– pedir perdón

– buscar la reconciliación

son evidencias de anhelos profundos de justificación que habitan nuestros vericuetos más hondos. ¿Me equivoco?

Estoy contigo si me dices que ninguna de esas acciones pueden tomarse como si fueran sinónimas de justificación. Las tales no son más que aspiraciones a que se nos declare justas y justos, o que estamos en la posición acertada. Hasta se diría que esas iniciativas y justificación son términos afines, pero no significan lo mismo. Para que alguien sea justificada, para que alguien sea justificado hace falta que aparezca en escena una autoridad competente. Una jueza, por ejemplo. Alguien así podría concluir que vos estás “en el lado correcto de la historia”, como se suele decir pomposamente, y por ahí derecho declararte justo o justa.

El problema es que, al parecer, seguir las reglas, transitar la senda estrecha, pasar por la puerta angosta no nos aportan ningunas garantías de que estamos siendo justos, justas, justificadas, justificados.

Esos buenos propósitos suelen llevarnos a terrenos diferentes. Hacer el bien, a lo sumo, nos convierte en gente de bien –camiseta blanca, sombrero blanco y vehículo blanco de alta gama incluidos–. Ser buenos, ser buenas, con rostro limpio y bien afeitado, cabello debidamente peinado, con frecuencia nos convierte en sostenedores de un sistema depravado. Si ese sistema es juez (y ese suele ser el caso), entonces resultamos siendo justificados y justificadas en la medida en que lo justifiquemos. Al juez. Vea pues. Uno tiene su autoridad, no creas que no. El juez que nos juzga nos necesita.

Albert Camus, en Los justos lo afirma sin ambages: la justificación se alcanza en la muerte que uno padece. Lèvinas construye su ética a partir de la muerte como el pivote, o el momento primordial que pone nuestra vida en perspectiva. Y la justifica.

O no.

Lo mismo se puede inferir de Artemio Cruz en su lecho de muerte, al decir de Carlos Fuentes. Y también del largamente celebrado culto a heroínas, héroes y mártires. Los héroes vivos no son heroicos. No han sido justificados.

No todavía.

N. T. Wright recorre caminos similares cuando habla de la justificación en el contexto de la teología cristiana. Para él, la muerte de Jesucristo es la base sobre la cual la raza humana es declarada justa por parte de Dios. Esa muerte pone de manifiesto el punto al cual la obediencia a un pacto llevó a Jesús.

Aparentemente, eso que dice Wright subyace a las muertes heroicas. Camus explica en su prefacio a Los justos que lo que unos revolucionarios hicieron en 1905 cuando planearon un atentado que llevó a su perpetrador a la horca fue un acto que nos recuerda aquello a lo cual tenemos que ser fieles. El personaje que encarna el papel de Yanek camina en completa calma al sitio donde debe detonar la bomba que mató a un archiduque miembro de la familia del zar, y con un calma similar sube al cadalso tras haber rechazado un acuerdo que el zar le había ofrecido. “Aquello a lo cual tenemos que ser fieles”, afirma Camus. ¿Qué es? Yanek descubre en la oferta del zar que si se aferra a la vida y acepta una condena larga en lugar de la pena de muerte, su vida y los ideales revolucionarios de los suyos no se justificarían. Viviría como un asesino, en lugar de morir como revolucionario. Yanek está en paz consigo mismo porque en su muerte él es declarado justo.

La diferencia con la perspectiva de Wright es que en la muerte de Jesús él llegó al punto central de un plan (detesto esa palabra; a Wright le gusta). Esa muerte demostró que un pacto, que había sido quebrantado, tenía sentido. En virtud de esa muerte se hizo evidente una propuesta de obediencia. Se encontró un socio verdadero con el cual entrar en pacto ¿Al igual que queda demostrado en la muerte de cualquier luchador de y por la libertad? ¿Es eso “aquello a lo cual tenemos que ser fieles”? ¿A un pacto? ¿A una lucha?

Puesto que tal es lo que plantea la muerte de Jesús, todo el mundo fue declarado justo por parte de Dios. ¿Incluso aquellos a quienes les tiene sin cuidado que se haya producido un pacto con Dios, o que Dios hubiera escogido un pueblo para mostrar en la historia cómo funcionaba ese pacto, o que haya un mesías, un Jesús de Nazaret avalado por Dios? No sé hasta dónde Wright extendería la cuerda. No sé qué valor tendría si las repercusiones de esa muerte son de tal extensión que incluso aquellos que, en el mejor de los casos, se reirían si supieran de un pacto sin el cual han vivido bien toda su vida resultan siendo justificados y justificadas.

Y es que está de por medio, entrometiéndose, el problema de la justificación. A Wright no le gustó que yo hubiera mentado la reconciliación en este contexto cual si fuera parte integral del problema de la justificación. A ninguna persona experta en teología le gusta que uno meta la reconciliación precisamente aquí, cuando se habla de justificación. Debe ser por la educación excelsa que han recibido que pueden trazar la frontera que separa nítidamente a esos dos terrenos: la justificación está allá donde ves ese árbol, y la reconciliación por este otro lado cruzando esa quebrada. La conversación con Wright debe estar todavía en el canal de YouTube de JuanUno1 Editores.

El quebrantamiento que nos agobia solo deja el dolor como lo más nítido que sobresale en un paisaje de devastación. Necesitamos ser justificadas y justificados porque algo se ha roto. Algo que estaba para asegurar nuestra interconectividad fue violentado Ahora estamos aislados. Sufrimos un quebrantamiento que convirtió nuestro misterio en miseria. John Rawls también se imagina un paisaje a partir de un pacto (no declarado) de igualdad que se rompió, razón por la cual es necesario que nos preocupemos por la justicia. Es posible que nuestras ansias tengan que ver con que somos conscientes de que es posible una reconexión, un nuevo comienzo, una renovación. Si una persona lleva esa posibilidad a su manifestación última, ¿no sería eso satisfactorio?

Jesús muere, he aquí somos justificadas, justificados.

Todavía no logro capturar todo este asunto. Pero cuando pienso en el rebelde, en quien combate por la libertad, confieso que consigo percibir un atisbo de todo lo que puede conformar este anhelo profundo de justificación: una persona, una comunidad, un pueblo, una nación, una generación luchó hasta el final. Ergo, la vida no tiene precio, pues es preciosa; no tiene valor, pues es valiosa.

Hay algo por lo cual vale la pena luchar. Y morir. Que lo digan los muchachos y las muchachas de la primera línea en el paro nacional. Que lo digan los pueblos originarios que llevan medio milenio luchando. Que lo digan las mujeres, sin cuyas luchas seríamos menos humanos.

Sin embargo, con Jesús no tenemos que jugar a ser mártires para ser justificados y justificadas. Somos mártires cuando somos fieles, pues no le reconocemos a la muerte ningún poder generador de vida. Eso se da en la lucha.

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