
“Vivíamos muy bien. Trabajábamos la mina artesanal y la madera. Esa era la manera de subsistir. Vivíamos felices. Un día cualquiera se metieron los actores armados y nos hicieron la vida cuadritos: los que trabajábamos en los campos, en la minería, en la madera, ya no lo podíamos hacer; se iba uno al monte y se encontraba con quien no se tenía que encontrar. Eso nos afectó mucho porque de qué subsistía uno si no había empresa. Luego apareció la mina. Ella apareció como artesanal. Las personas la encontraron con su bateita y fue apareciendo más y más oro. Ya se empezaron a interesar personas de otros lados. Vinieron con maquinaria pesada a trabajar, a endulzar al campesino”.
Rosalba nunca había visto cosas así en Zaragoza, un corregimiento del municipio de Buenaventura. Todo cambió y, como muchas personas, debió desplazarse, aterrorizada por la violencia de toda clase que empezó a imponerse en la región. Apareció también la prostitución. La gente que, a diferencia de ella, tenía tierra propia para sembrar la fue entregando, enceguecida por la fiebre de oro.
Hoy Rosalba vive en el barrio San Francisco de Asís, situado en la Comuna 7 de la zona urbana del municipio más grande del Valle del Cauca. Mientras los recuerdos se agolpan, la situación de la tierra que tuvo que abandonar empeora. La ambición no sólo destruyó más de 20 kilómetros del río Dagua, cuando el cauce retrocedió ante la acción de dragas y retroexcavadoras que desplazaron la minería artesanal y otras prácticas tradicionales de producción, como la agricultura, en la vega del río. A una hora del casco urbano de Buenaventura, se practican, en la actualidad, nuevas formas de extracción ilegal del oro que ahondan la crisis.
Según explica María Miyela Riascos, de la pastoral social, grupos armados que se replegaron hacia los territorios de los consejos comunitarios, tras la militarización de la ciudad efectuada este año, emplean hoy mujeres, niñas y niños para extraer el metal en Zaragoza. La minería cúbico consiste en abrir un túnel desde el interior de una casa, ampliarlo varios metros hacia abajo y luego seguir hacia alguno de los lados. Sin que sea evidente a la vista, debido a la cantidad de boquetes todo el corregimiento está hoy asentado sobre el vacío y en cualquier momento se podría venir abajo. Muchas personas se han tapado ya, cuando alguno de los túneles ha colapsado; y muchas niñas y niños son obligados a dejar de ir a la escuela para entregarse a las labores de esta forma ilegal de negocio.
Un sitio estratégico
“Lo que le pase a una comunidad, a un territorio, nos pasa a todos”, fue el principio suscrito hace años por un conjunto de organizaciones sociales que clamaron, en su momento, por la defensa del manglar y el respeto a la biodiversidad del Pacífico. “Nuestra vida y nuestra historia está ligada a estos ecosistemas”. Entre los declarantes se encontraba representado el Consejo Comunitario del río Cajambre. Ana Julia Rentería, su vocera, fue desaparecida en 2011, unos meses después de que se manifestara en contra de la destrucción que se veía venir en su región por cuenta de la minería a gran escala.
Sobre la camiseta de Harrinson Moreno está plasmado el rostro de la líder. El hombre la toma entre sus manos mientras explica que a la avaricia de la extracción de oro se suma la problemática que tienen los habitantes de Buenaventura por estar asentados en un sitio estratégico para implementar proyectos y megaproyectos. Harrinson es habitante del barrio Lleras, uno de los terrenos ganados al mar hace décadas. Según este miembro del Proceso de Comunidades Negras Palenque Congal Regional, la manera como se está pensando en la inversión en el país está destruyendo a los pueblos negros, indígenas y campesinos. Para poner un ejemplo habla de cómo se construyó el puerto de TCBuen, ubicado en la Comuna 5. Primero vino la violencia, perpetuada por grupos de reconfiguración paramilitar, como aquellos que efectuaron la masacre de 2005 contra 12 jóvenes del sector. En un segundo momento, tras el desalojo al cual se vieron obligados muchos habitantes de la zona debido al terror, se impuso la construcción del puerto, en plena comuna.
Afirma Manuel González, subdirector ejecutivo de la pastoral social de la diócesis de Buenaventura: “hay mayor concentración de los picos de violencia en las zonas de intervención portuaria”. Esto tiene su explicación. Según González, se pretende que la gente salga de esos territorios a las buenas o a las malas para favorecer la ampliación de los puertos. Por eso personas como Harrinson sostienen que cuando hablamos de conflicto armado, de proyectos y de megaproyectos se trata, en realidad, de lo mismo.
William Mina ha llegado a la misma conclusión. Según el joven, la irrupción de La Empresa y Los Urabeños en la Comuna 4 está vinculada al interés de los empresarios sobre la Bahía de la Cruz, en donde se pretende construir un malecón que potencie la atracción comercial del puerto. Después de una serie de hechos violentos, que ocasionaron dos desplazamientos masivos en enero y noviembre de 2013, la comunidad del Puente de los Nayeros, con ayuda de organizaciones como la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, declaró en abril de este año al lugar “espacio humanitario”. “Nosotros queríamos defender nuestro territorio y en nuestro territorio nuestra vida; porque nosotros siempre hemos estado cerca del mar y porque ese es el medio que nos da la vida y el sustento diario”, afirma William.
Las amenazas no se hicieron esperar y a los panfletos de los grupos ilegales se añadieron hechos violentos perpetuados por miembros de la fuerza pública, que hicieron crecer la desconfianza hacia quienes detentan el poder de las armas bajo el amparo de la ley. Los pobladores resisten, aunque la violencia ha maltrecho los lazos de familiaridad extensiva que caracterizan a los afrocolombianos.
Familiaridad y confianza
En la cultura afro, según explica Vicky Plaza, “cuando no había guarderías, la vecina se iba para el monte o para la mina, y qué hacía: como yo estaba al pie, los hijos de mi vecina quedaban en mi casa”. “Esa era la solidaridad”, señala. “Por eso es que la familia de nosotros es tan grande y los pelaitos pasaban a decir me tía”. Harrinson Moreno también habla de este aspecto de la identidad cultural en el ámbito de la ciudad, donde en un barrio “mi vecino es mi tío o mi abuelo, aunque no sea familia de sangre”. Y añade: “yo cocino, y le paso el plato de comida a mi vecino y a mi vecina, que están al lado”.
Con la vinculación de los jóvenes a los grupos armados y las acciones violentas en los barrios se ha perdido la confianza comunitaria. Los vínculos entre las zonas rurales y las zonas urbanas de los terrenos ganados al mar se remontan al pasado, pues muchos de quienes construyeron junto a la marea provenían de los actuales territorios de los consejos comunitarios. Entre estos últimos y los barrios se mantuvieron durante décadas lazos comerciales y prácticas como el trueque, además de las relaciones de familiaridad. Así se intercambiaba libremente el arroz, el borojó, la papachina, la yuca, el chontaduro, el plátano y aquellos productos del manglar o la marea como el molusco o la piangua. Hoy las fronteras invisibles también dividen al campo de las zonas de Bajamar y hay gente que se muere de hambre.
Jorge Segura, un joven del Consejo Comunitario Río Anchicayá, no pudo seguir visitando a sus hermanas en el barrio La Inmaculada, después de que ellas se vieron obligadas a decirle que no volviera más. “Es algo que uno siente mucho en el corazón”. Según Jorge, “llegó un tiempo en que las personas que hacían parte del consejo comunitario eran señaladas por el flagelo del narcotráfico y cuando llegaban a Buenaventura eran asesinadas”. El Frente 30 de las Farc llegó a su territorio en 2011 y comenzó a reclutar jóvenes. Llegaron ofreciendo cosas, con fajos de billetes en la mano, y gastándole cerveza y aguardiente a la población. Muchos se fueron detrás de las promesas de oportunidades pasajeras. Quienes tenían visión político organizativa resistieron y decidieron defender su territorio de la guerrilla y de los grupos de reconfiguración paramilitar que llegaron después. Muchos cayeron en el esfuerzo.
Para Jorge, junto a la afectación que ejercen los grupos armados, también está el poco interés que tiene el Estado colombiano en hacer presencia en la zona rural del municipio. “Ninguna entidad atiende las afectaciones que sufrimos como comunidad; los jóvenes tienen que salir para buscar oportunidades de estudio y de trabajo; no contamos con universidades ni con puestos de salud; los gobiernos de turno siempre tienen en la mira lo urbano, pero a lo rural, aunque está ahí, patente, siempre lo dejan a un lado”.
Memoria y resistencia
Luzdary teje. Plasma sobre una colcha el recuerdo de su padre: “Yo le pongo su lancha y le digo: ‘mira, esta es tu lancha, la que tú me regalaste, con la que yo salía a pescar contigo’”. Alguien dijo que “los muertos se encomiendan a nuestra memoria”. La lucha que Luis Alberto Santiesteban inició en Juradó (Chocó), y que mantuvo hasta su muerte, la debió seguir su hija en Buenaventura. Con el tiempo, Luzdary ha aprendido a recordarlo con alegría, pues el dolor de su desaparición pervive como una tortura.
No poderle cantar el alabao con que se despide al muerto; no poder enterrar su cuerpo en una fiesta. ¿Cómo advertir el vínculo entre el antiguo ombligo dejado en tierra junto a una palma y el cuerpo del ausente, perdido?
“El ombligo de todos los que estamos aquí fue enterrado”, dice Harrinson, para hablar de sí, de Jorge y de William. “Eso nos tiene aquí luchando por nuestra tierra”. Es un vínculo espiritual. El ombligo es importante para la vida y por eso no se bota. “Por eso nosotros somos tan arraigados en nuestro territorio y por eso preferimos morir a desalojarlo”.
La tierra en Juradó era el legado que su padre iba a dejarle a Luzdary y a sus hermanos. Hoy es de terratenientes y Luzdary fue desplazada. Además de reconocer el derecho a la propiedad colectiva, la Ley 70 de 1993 tenía como propósito establecer mecanismos para la protección de la identidad cultural y de los derechos de las comunidades negras del Pacífico como grupo étnico. Luis Alberto Santiesteban fue uno de los líderes de base que buscó la aplicación de dicha ley en Chocó. Desde su llegada a Buenaventura en 1998, tras la última toma guerrillera de Juradó, Luzdary ha buscado su aplicación en el municipio, motivada por el ejemplo de su papá. Según ella, “rescatar los valores tanto espirituales como culturales de nuestra etnia es la base fundamental para que sigamos sobreviviendo”. Este imperativo está en el fondo de su liderazgo en el Consejo Comunitario de la vereda La Gloria; a su vez, alimenta su participación en la organización Madres por la vida y en la Red de Mariposas de Alas Nuevas Construyendo Futuro. De ahí que sea posible desgranar de su testimonio los elementos de una sabiduría para la vida, con la cual está comprometida, a pesar de la adversidad.
El valor nuclear que Luzdary enfáticamente rescata está orientado a comparar a la mujer con el territorio y, en correspondencia, a adorar y respetar a la Madre Tierra como se debe respetar la matriz de una mujer. A la luz de este valor se entiende no sólo el significado del daño sobre la naturaleza sino también la crueldad que hoy por hoy supone que en el puerto más importante de Colombia la violencia contra las niñas, las adolescentes y las mujeres se esté convirtiendo en un patrón del conflicto.
Las mujeres desempeñan un rol social y comunitario determinante en sus barrios, calles y veredas. Mujeres como Luzdary, Rosalba y Vicky, rescatan el comadrazgo, una función sagrada en la cohesión de las comunidades. En palabras de Luzdary, el comadrazgo se expresa en “ese diálogo que se vuelve solidario, que está en la escucha, en el abrazo, en la acogida, en la unión; en todo lo que es necesario para manifestar el amor a la otra persona”. Con el comadrazgo, Rosalba y sus compañeras han logrado en el barrio San Francisco de Asís hacer que jóvenes involucrados en los grupos armados busquen otro camino. Y, al solidarizarse con el dolor de sus vecinas, especialmente de aquellas que han sido víctimas del conflicto, en lo cierto está Vicky al decir: “nosotras ya le apostamos a la paz; si la paz ya arrancó, nosotras arrancamos también delante de ella”.
Por su parte, Luzdary se hizo comadre en la vereda La Gloria, movilizando a las mujeres, con el fin de constituir un consejo comunitario en el cual el alimento alcanzara para todos y se comiera bien. Una de las estrategias fue el trabajo en común, en tres granjas, cuyos productos pertenecían a quienes trabajaban. Con ello se rescataron varios valores culturales, como la minga, la autonomía alimentaria y el trueque. “Esa es la manera de saber vivir la vida”, afirma Luzdary, refiriéndose a la solidaridad.
Tras la desmovilización del Bloque Calima, que ya había hecho estragos hacia el 2000, el surgimiento de nuevos poderes puso en peligro el proceso de la comunidad, nuevamente. Las granjas fueron destruidas por miembros de La Empresa y la misma suerte corrió una reserva natural de 72 hectáreas en la cual antiguamente se encontraban plantas medicinales y bejucos, usados en la partería, en distintas prácticas tradicionales de sanación y en la elaboración de instrumentos musicales. Hoy son Los Urabeños quienes hacen presencia en el territorio; mientras tanto algunas familias siguen en el empeño de organizarse; aunque, según Luzdary, “la idea era tener todo en común”.
Las víctimas no duermen
Paradójicamente, lo que no han terminado de destruir los actores armados lo pueden llegar a destruir, desconociendo la consulta previa, los proyectos de infraestructura que contempla el Master Plan, una iniciativa de desarrollo que el gobierno nacional pretende implementar a futuro en Buenaventura, como respuesta a la Alianza del Pacífico y los TLC.
En su discurso durante el foro Buenaventura Próspera hace poco más de un mes, el presidente Santos afirmó que “hoy el mundo entero está viendo el Pacífico como el futuro, porque es en el Pacífico donde se está dando la dinámica económica (…) Ustedes no se alcanzan a imaginar lo que eso ha venido generando en el mundo entero al interés de mucho inversionista”. Según el mandatario, lo que se tiene que hacer es crear las condiciones para que ellos puedan venir e invertir.
Mientras se crean estas condiciones en Buenaventura, aún no existen los medios para que los pobladores del municipio puedan tener una vida mejor. Hay personas como Luzdary y Harrinson que creen que la inversión en la cual piensa el gobierno no beneficia por completo a la población local. Ese es el verdadero conflicto, y la expresión bélica que lo acompaña no es gratuita, a su entender.
Gerardo Valencia Cano (1917-1972), el obispo de los negros, alguna vez sentenció que “el desarrollo es la nueva canción que entona el capitalismo para adormecer a sus víctimas”. La paz se enfrenta a “otra paz” en la región donde “lo hermoso está al lado de lo terrible”, como decía Armando Romero. Existe la paz de aquellos que van delante cuando la construyen y otra que sufren quienes no la podrán gozar. Las víctimas no duermen; despiertas, se preguntan cuál es la mejor manera de vivir.
Miguel Estupiñán
*Imagen de Guayasamín




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