20 de diciembre de 2019. Entre la penumbra de algún lugar de la noche. Sucesión de kilómetros, arenas y temblores.

En camino de Piura a Lima, el bus de Oltursa, como cápsula prosaica dentro de la que visito un paisaje lunar, penetra la ausencia de colores. El universo del tacto cerca del cuerpo extendido de la playa, su piel de agua que se contrae y gime, que abraza la oscuridad entre sonidos de espumas y presentimientos de salitre. 

El agua le disputa pliegues a la anatomía del continente. En unos años acaso serán recuerdos sumergidos bajo las olas: contornos de tierra mordidos lascivamente y dejados al olvido.

Sin materia para la mirada, la inercia de las curvas y la respiración de la noche peruana le abren un boquete a la conciencia en medio de la duermevela. Umbral del sueño en que los recuerdos se suman a una marea más real e invisible. 

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2 de enero de 2020. Sofía conserva las marcas del accidente que tuvo en Bolivia. Riscos, neblina, picachos y cuchillas en su cara y en su mente. 

Pensó cambiar de bus pero le faltó creerle a un mal presentimiento.

Una idea no tiene cuerpo, por lo general, pero aquella sí lo tenía. Y con el choque Sofía salió disparada a través del parabrisas y fue a dar al interior del otro carro: un camión. 

El conductor del bus salió ileso. No así una mujer que iba en el puesto del copiloto y murió defendiéndolo de quienes llamaban a la prudencia, a bajar la velocidad en medio del peligro de la noche en que el vehículo a toda máquina era un bólido con su destino ya escrito.

—¡No lo pongan nervioso, él sabe manejar! —fueron acaso las últimas palabras de la mujer. Recibió el golpe que el hombre evitó con un cabrillazo culpable que lo libró de caer rendido en el combate a muerte que le declaró, imprudente, a la muerte misma. “Legítima defensa”, dirá alguno.

Sofía lleva más de un año pensando en este tipo de cosas; preguntándose por qué no cambió de bus en la última parada antes del accidente. Su compañera de viaje lo había propuesto, pero le faltó terquedad. Total no estaban lejos del destino —creía ella, pero todo es relativo—.

Una idea, un presentimiento, no tienen cuerpo, generalmente. Ese mal presentimiento sí lo tenía. Como fatalidad que va cobrando forma y es parida de la nada, hecha de miedo que domina la cabeza y se traduce en dolor. Punzadas en algún lugar de la noche y del cerebro. Un parto con sangre abundante. Umbral entre la vida y la muerte para quien en la mañana se levantó con el pie izquierdo; entre el hoy y el mañana, para quienes sobrevivieron al desastre y cuyos cuerpos tendrían que someterse a una sucesión de operaciones para rehacerse. Para  recuperar algo de la imagen de sí que antecedió al choque del bus con el camión. 

Pero la paz del alma solo se recupera hablando. Con una operación cuyos instrumentos quirúrgicos son largas conversaciones que reiteran lo ocurrido sin anestesia. Que reconstruyen la escena del crimen cuyo autor material nunca fue condenado y cuya estupidez se mantiene impune. ¿Aprendería? ¿Fue ese su primer accidente? ¿Le antecedieron otros? ¿Puede definirse como accidente lo que ocurrió esa noche? ¿Mató antes a alguien? 

Ya es tarde para responder esas y otros preguntas. No para agotar la revisión de las consecuencias de fracasar ante un dilema: cambiar o no de bus cuando algo alerta a la conciencia. La fatalidad cobrando forma. Pateando las entrañas del destino personal como ser que ya va a nacer estruendosamente y que no alegrará a nadie entre la sangre, las extremidades transgredidas, los gritos silenciados, los gemidos leves de una madre que dolorosamente busca la luz (la de este o el otro mundo en el umbral de la supervivencia).

Sofía reconstruye lo ocurrido con frases pronunciadas lentamente. Deteniéndose en cada palabra porque cada una es una imagen que reproduce escenas terribles que todos los días, durante más de un año, se presentan dentro del teatro de su mente. En la intimidad de esta noche limeña Sofía apura un trago amable entre amigos para intentar pasar el trago amargo. Para extraerle a la vida —casi exprimiéndole a fuerza de recordar— una lección: obedecer a los malos presentimientos.

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7 de enero de 2020. Entre la penumbra de algún lugar de la tarde. Con luz moribunda: azul, plateada y lúgubre. Ya de regreso en Bogotá.

Respiro agitado, tumbado en la cama con las cortinas cerradas. Rendido por el soroche con la mente en movimiento. Girando en la cápsula prosaica del cerebro, sin gravedad; entre el vacío y la naúsea. Sucesión de temblores y escalofríos. Depresión del regreso malogrado. Cuestión de oxígeno: tres semanas al nivel del mar y al cuerpo se le olvida su ritmo. Tiembla por las ganas de vomitar, devolviendo a la conciencia en el tiempo.

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15 de diciembre de 2019. Popayán. Hojas de coca en el centro cultural Wipala. Rapé insuflado por la nariz y de nuevo la sensación: el polvo de tabaco penetrando en un instante más allá de lo necesario. Lágrimas en los ojos; ingrávida la mente, girando a todo dar; y el cuerpo perdiendo su verticalidad por cierto extraño peso de la existencia. La analogía universal, los cuadros de Jafeth cobrando vida, las palabras del artista adquiriendo sentido: extraigamos un antídoto del veneno que nos inyecta la sociedad.

Luego dejo de escuchar y regreso mentalmente a la ciudad blanca: un grafiti sobre la pared de un templo doctrinero: Dios bendiga este negocio. La cara de Dilan Cruz sobre un papel que fue arrancado con violencia para recuperarle a un edificio colonial su apariencia fría de fachada limpia. La cara de Cristina Bautista, asesinada no lejos de ahí. Su rostro junto a una placa en homenaje a la mujer payanesa. No a ella. 

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(Variación en torno a los muertos)

Los muertos miran la tarde en las casonas viejas de patrimonio. El atardecer. En las tardes en que creen todavía estar vivos. Los carros, los afanes de quienes van en sus carros a esa hora les son indiferentes: simples manchas rojas como bólidos. Y les son indiferentes los matrimonios en las otras casonas del barrio; las fiestas de quince de las hijas de los narcos y de quienes echan la casa por la ventana en esas casas que no son las suyas.

A veces, los muertos salen a caminar y se mezclan con los estudiantes. Y piensan que hay un lugar en que los esperan. Atareados con bufandas al cuello para el frío, sus manos apretadas sobre las correas de maletines vacíos que creen llenos y pesados con algo en su interior como regalo. Y llenos de ilusión se apuran. Y avanzan sobre las aceras. Cruzan avenidas en amarillo. En paseos que pueden durar años que sienten cual si fueran de minutos.

Pero no llegan a la cita y se consuelan creyendo después que era otro día. Para otro día volver a salir como si fuera el primero. Cada uno de los días.

Y hay veces en que algún vivo los ve de regreso a su casa. Y en la esquina otea, sorprendido, creyendo ver al amigo muerto: sus rasgos en el rostro de un extraño que vaga ya entre los primeros fulgores del alumbrado eléctrico. “Pero es imposible: Joao está muerto”, piensa ese alguien, cruzando la calle con la mano en el pecho. Volviendo a lo suyo. Camino a una cita que no cumplirá. Para luego consolarse pensando que era otro día. Y así un día y otro. En el umbral de la noche.

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8 de enero de 2020. En algún lugar de la madrugada abrazado a la taza del baño. Vomito aire, compungido.

El agua de coca hace lo suyo. También el regreso es parte del viaje. Lanzarse a la calle entre la luz del mediodía. Visitar las cuadras que uno se acostumbró a leer con el tacto, como si hubieran perdido su mensaje y tocara interpretarlas de nuevo. Acariciarlas con la mirada, para descubrir en ellas palabras en otro idioma. Sentirse extranjero en las calles de siempre y, entonces, pensar que también el recuerdo es parte del viaje; que también el olvido… 

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1 de enero de 2020. Mi papá se despertó sin memoria. Incapaz de reconocer dónde estaba, frunció el ceño y ante la mirada atónita de su esposa envejeció lo de 20 años:  la vida como estatua de sal parcialmente disuelta entre las olas.

Al principio no pudo recordar los nombres de quienes acudieron a su lado. Se levantó de la cama y caminó lentamente por la estancia. Taciturno. Descubriendo, con cada paso, ángulos insospechados de un planeta desconocido.

En la víspera yo había estado con Biviana en el Lugar de la Memoria: un barranco limeño frente a la voracidad del mar. Mientras caminábamos por las salas del museo, hubo algo que nos robó la atención. Era el grito de las ausencias en el guión que narra el conflicto armado. Como si a Perú le hubiera pasado lo que a mi papá: que un buen día amaneció y la marea se le había tragado parte de su historia.

©Miguel Estupiñán / @HaciaElUmbral

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