Los muertos miran la tarde en las casonas viejas de patrimonio. El atardecer. En las tardes en que creen todavía estar vivos. Los carros, los afanes de quienes van en sus carros a esa hora les son indiferentes: simples manchas rojas como bólidos. Y les son indiferentes los matrimonios en las otras casonas del barrio; las fiestas de quince de las hijas de los narcos y de quienes echan la casa por la ventana en esas casas que no son las suyas.

A veces, los muertos salen a caminar y se mezclan con los estudiantes. Y piensan que hay un lugar en que los esperan. Atareados con bufandas al cuello para el frío, sus manos apretadas sobre las correas de maletines vacíos que creen llenos y pesados con algo en su interior como regalo. Y llenos de ilusión se apuran. Y avanzan sobre las aceras. Cruzan avenidas en amarillo. En paseos que pueden durar años que sienten como minutos.

Pero no llegan a la cita y se consuelan creyendo después que era otro día. Para otro día volver a salir como si fuera el primero. Cada uno de los días.

Y hay veces en que algún vivo los ve de regreso a su casa. Y en la esquina otea, sorprendido, creyendo ver al amigo muerto: sus rasgos en el rostro de un extraño que vaga ya entre los primeros fulgores del alumbrado eléctrico. «Pero es imposible: Joao está muerto», piensa ese alguien, cruzando la calle con la mano en el pecho. Volviendo a lo suyo. Camino a una cita que no cumplirá. Para luego consolarse pensando que era otro día. Y así un día y otro. En el umbral de la noche.

Miguel Estupiñán / @HaciaElUmbral

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