Se cumplen 50 años de la muerte del escritor José María Arguedas, nacido en Andahuaylas (Perú) en 1911. Su escritura bebió del trabajo antropológico. Pero los ríos profundos de su sensibilidad y actitud literaria se remontan a su infancia entre comunidades quechuas de la Sierra. Un mundo al cual remiten sus palabras más entrañables y desde el cual el autor visitó el Perú de todas las sangres.

Su obra literaria incluye cuentos, novelas, poemas en quechua y traducciones de literatura oral, que le merecieron en 1968 el premio Inca Garcilaso de la Vega. “Yo no soy un aculturado —dijo al momento de recibir el galardón—; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”.

Muerte y carnaval

Según el profesor Víctor Viviescas, del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia, en Arguedas la escritura es un acto de resistencia a la muerte. Al tiempo, exaltación y celebración de la vida.

En el «territorio arguediano», la fiesta, el amor y la revuelta popular son expresiones de la vida que se sobrepone a la muerte. Un desborde epifánico, al decir de Viviescas, quien plantea que Arguedas buscó a través de la palabra el restablecimiento del vínculo roto con el mundo. Y afirma, a la vez, el académico, que el acto creativo del peruano estuvo determinado por una imaginación utópica de la existencia interesada no solo en ofrecer un testimonio de la experiencia, sino en hacérsela experimentar al lector.

Como el toro que pelea a muerte contra un cóndor amarrado a su lomo, Arguedas intuía el desenlace de su propia batalla. Pero aplazó su muerte escribiendo. Mientras la sombra de la muerte avanzaba sobre él. 

El escritor fue un hombre atormentado desde niño. Pero, según explica Viviescas, la muerte, en la vida de Arguedas, más que repudiada, fue querida. El autor le coqueteó a la muerte en 1966 con un intento de suicidio, al que sobrevivió. No así al del 28 de noviembre de 1969. A menos que se interprete que ello no supuso el fin. Como explica el antropólogo Carlos Páramo, la muerte sacrificial en el mundo andino no es sinónimo de derrota. La sangre derramada tiene por propósito fecundar la tierra. Constituirse en semilla. He aquí por qué la muerte de Arguedas podría ser vista como inicio de algo nuevo. 

Esto dejó escrito el autor de El zorro de arriba y el zorro de abajo en uno de los diarios incorporados a su novela póstuma:

“Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú y lo que él representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres ‘alzamientos’, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y de la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandria de fuego, el del dios liberador, Aquel que se reintegra. Vallejo era el principio y el fin”.

Un contemporáneo

En la obra de José María Arguedas hay un anticipo de las movilizaciones que en la actualidad se multiplican en América Latina.

“La rebelión de las chicheras” descrita en Los ríos profundos es indisociable de los cantos y bailes de carnaval estudiados por el escritor y hechos parte de sus cuentos y novelas. Rebelión y carnaval: momentos propicios para el cambio y el restablecimiento de un nuevo orden.

En el territorio arguediano la canción de las cascadas llega a oídos del pueblo a través de la música prodigiosa de los arpistas andinos. Como a los lectores de Arguedas llega su creencia en otro mundo posible, a través de palabras prendidas a cierto ritmo universal hoy difícil de percibir.

Arguedas es ahora más contemporáneo que nunca y, al mismo tiempo, parece un hombre de otra época: una en que lo mágico, con su potencial subversivo, no había sido desterrado.

@HaciaElUmbral

* Artículo publicado por El Espectador el 4 de diciembre de 2020.

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