
Lo prometido, Juan: a continuación mis comentarios sobre su libro, Contra el poder: Alberto Donadío y el periodismo de investigación.
Primero unas palabras sobre el contenido.
El texto es un retrato sobre un hombre y su oficio, y en detalle da cuenta de por qué el método de trabajo de Donadío es toda una lección de periodismo.
Usted mismo, el retratista, ha sabido aprender de esa lección, para provecho del lector, que se asoma al retrato y entre manos se encuentra no solo con un libro que cuenta historias, sino que, al tiempo, enseña a contarlas.
Lo leí mientras avanzaba en una investigación periodística y me resultó de enorme utilidad e inspiración. Utilidad, para perseverar en la brega por interrogar los documentos en los archivos que frecuento; para agudizar el olfato, tras la pista de la raíz de un problema de la actualidad. Inspiración, entre otras cosas, por la forma como Donadío ha vivido el divorcio entre el oficio periodístico y el poder. Toda una antítesis la conversación telefónica entre el entonces periodista de El Tiempo Juan Manuel Santos y el expresidente López Michelsen, expresión, al fin y al cabo, de un matrimonio feliz: «Presidente, ¿de qué quiere que hagamos el editorial para mañana?» (148).
Paso a referirme a otro valor del retrato. No pierde usted la distancia crítica frente al retratado: «Rehén de esa cercanía previa [con la familia Samper Pizano], Donadío no fue un periodista importante durante el Proceso 8000. Atacar a Ernesto era por extensión atacar a la familia y él, a diferencia de Enrique Santos Calderón y Gerardo Reyes, puso por delante la amistad con Daniel y evitó una ruptura» (190). Esa actitud le permite corregir, incluso, la plana errada que dejan las trampas de la memoria (168).
Creer y dudar. Hasta en los mínimos datos.
Decía al inicio, el libro cuenta historias y enseña a contarlas. También da cuenta del proceso que llevó a la consolidación de la narración. Desde el inicio el lector agradece la franqueza del autor para reconocer los límites del texto y toma nota de las operaciones que el investigador llevó a cabo para que ante él, como ante un pintor que mira su obra en proceso, se fuesen revelando los elementos claves del retrato y el camino a seguir. A este nivel, el capítulo final sobre el trato con la amplitud de fuentes usadas resulta de gran interés.
Una última palabra sobre narrativa periodística. Un hecho siempre será mejor dato que una elucubración. Y el libro está lleno de hechos, de los cuales se da cuenta no solo como argumentos fuertes en la delineación del perfil del personaje, sino como elementos de episodios que fueron reconstruidos con talento y vena literaria.
Un acierto la longitud de los apartados. Los conectores creados al cierre de cada uno prácticamente empujan al lector, que cómodamente acepta avanzar en la lectura, sin darse cuenta, presa ya su atención. Una noche, por cuestiones de tiempo, me había propuesto leer SOLO un capítulo: «Nulla dies sine linea«. Puse un tinto caliente al alcance de la mano y comencé a leer. Cuando cerré el libro, mucho después de lo inicialmente pactado conmigo mismo, probé el café y ya estaba helado: señal de una lectura amena.
¿Y si Bogotá es una nevera? Que lo comprueben los demás lectores, a quienes invito a disfrutar de Contra el poder y de una cosa que no pongo en duda: la amabilidad con que fue escrito.
Un saludo, Juan,
Miguel Estupiñán / @HaciaElUmbral




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