
El papa Francisco afirma que quien aborta se parece a aquella persona que contrata a un sicario. Con su comparación interviene en el debate mundial sobre la interrupción voluntaria del embarazo. No lo hace como médico ni como mujer, es obvio; ni como científico experto en materias de la salud, sino como obispo de Roma.
¿Qué alcance tienen sus palabras?
El pontificado tiene una función de legitimación y, por tanto, también señala lo ilegítimo de acuerdo a una determinada ortodoxia: la de la Iglesia Católica como institución. Entre otras cosas, lo suyo consiste en enfatizar una postura que habrían de compartir sus correligionarios.
Ahora bien, ¿coinciden con la postura del papa Francisco la totalidad de los católicos? Más específicamente: ¿las católicas que por una u otra razón han abortado?
¿Qué habrían sentido, en caso de concebir como pecado la interrupción de su embarazo (cuestión en sí misma problemática), si al acudir al confesionario el sacerdote hubiese echado mano de la analogía usada por Francisco?
El Papa no señala matices. La misma culpa de quien contrata a un asesino a sueldo parece imputarle a quien aborta. Nada de causales para la despenalización del aborto. Ni una palabra sobre el derecho de la mujer para decidir cuando ha sido violada, está en riesgo su vida o su salud, o se presenta una inviabilidad fetal durante su embarazo. Ni una palabra sobre la necesidad de que sea respetada su intimidad en favor de que no sufra estigmatizaciones.
Hay creyentes, entre ellas las integrantes de la organización Católicas por el Derecho a Decidir, que no consideran el aborto pecado ni delito; al menos no en los tres casos mencionados ni en otros. Más aún: desde un análisis de las posturas de la jerarquía eclesiástica al respecto, rechazan que las mujeres que pasan por dichas experiencias sean consideradas criminales, cuando ya deben hacer frente a la acusación de pecadoras.
En el seno de la Iglesia Católica hay, por tanto, heterodoxias. ¿Qué actitud asumir frente a estas? ¿La discriminación? De ser así, reproduce entonces la institución el estigma social de puertas para adentro; y entre la ortodoxia y la heterodoxia se abre el terreno de la paradoja: la institución que invoca la misericordia acentúa, al mismo tiempo, las dinámicas de condena.
Estas dinámicas han cobrado peso en países como Colombia, entre otras cosas, debido a sectores del catolicismo y de otras expresiones del cristianismo que buscan que el aborto sea penalizado en cualquier caso. No hay matices para ellos tampoco. Estos sectores encuentran en comparaciones como la del Papa un nuevo argumento de autoridad, una legitimación para la cruzada que adelantan en contra de sentencias de la Corte Constitucional, como la C-355/06, que despenaliza el aborto en atención a tres causales. Ya habían hecho suyas las palabras del obispo de Roma, cuando durante su viaje a Georgia, en 2016, criticó la «colonización ideológica» vinculada a lo que da en llamar «teoría de gender«, y que concibe como «un gran enemigo del matrimonio», en la «guerra mundial» para destruirlo.
Nótese que el debate es puesto en una suerte de campo de batalla, con lo cual se sigue que, más que interlocutores para el diálogo, lo que hay son contendientes en una disputa de ideas, donde no se puede transigir.
¿Debe ser así?
Por estos días tiene lugar en el Vaticano un sínodo de obispos sobre el papel que la Iglesia Católica debe desempeñar en relación con la juventud. Desde hace algún tiempo se ha hablado de la necesidad de que un foro eclesial semejante sea dedicado a pensar la relación entre la institución y las mujeres. Utópicamente el teólogo chileno Jorge Costadoat ha propuesto que una eventual actividad de dicho estilo sea organizada y llevada a efecto por las mismas mujeres. Me pregunto yo: llegado el momento, al abordar la actitud que la Iglesia habría de tener en relación con la interrupción voluntaria del embarazo, ¿prevalecería la analogía papal que compara abortar con contratar a un sicario o habría una forma distinta de considerar el asunto?




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