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Derrame de crudo en Barrancabermeja (Colombia) Foto: larazon.co

“El estado de nuestros ríos refleja el estado de nuestra sociedad”. Palabras de Tatiana Roa, coordinadora de Censat Agua Viva, que cobran relevancia al considerar el desastre ambiental producido en el Magdalena Medio: 24 kilómetros de Caño Muerto, la quebrada La Lizama y el río Sogamoso contaminados como consecuencia del derrame de crudo desde el pozo 158 de Ecopetrol.

Un sacrificio más en el altar del extractivismo. “Sea anatema quien señale una alternativa al modelo económico vigente”. He ahí la orden implícita en boca de los tecnócratas que conforman la nueva ortodoxia religiosa.

En la era del capital como religión, el obispo católico de Roma parece hereje de nuevo cuño cuando pide que la tecnología basada en combustibles fósiles sea remplazada progresivamente y sin demora, para impedir que se radicalice la destrucción de la vida en el planeta (LS165).

Voz en un desierto cada vez más grande.

Lejos de estar a la altura de los desafíos mundiales, la política y la empresa reaccionan con lentitud a esta petición, entre otras cosas, porque el poder no comparte la visión papal de la Tierra como casa común.

¿Asombra? Ni siquiera la comparten muchos de los que vitorearon a Bergoglio durante su paso por Colombia y hoy siguen creyendo que la explotación de hidrocarburos traerá riqueza al país. Los tiene sin cuidado el hecho de que los pobres prefieran agua limpia antes que ser vecinos de pozos abandonados que de un momento a otro sumergen sus vidas en el pantano negro de la desolación.

«En mi adentro… el río»

Beber de la sabiduría del pueblo hoy consiste en nutrirse de la resistencia de quienes sufren la violencia en su diversidad de expresiones, incluida aquella que degrada los ecosistemas.

En Todas las sangres, novela del peruano José María Arguedas, el quechua Rendón Willka le habla así al ingeniero Hernán Cabrejos, jefe de un enclave minero en ciernes:

—Para ti, patrón, no hay Mama Pacha. Es, pues, seguro. Pero en mi adentro habla claro la cascada, pues; el río también; el manantial también.

La obra de Arguedas está habitada por permanentes referencias a un modo reverente de relación con la naturaleza. Éste entra en conflicto con la visión de quienes tienen como meras patrañas ver en la Tierra una madre y afirmar la unidad intrínseca de todo lo existente. Es lo que hace el runa cuando adora el agua y cree que ver el río, «la luz que juega sobre el remanso, las piedras que resisten el golpe de la corriente», podrá purificarlo de lo vivido en la hora del dolor.

Esta dimensión del trato con la realidad está, sin duda, abierta a cierta forma de misterio: «lo contrario de la técnica [y] del progreso», según otro de los personajes hostiles de Todas las sangres. «La oscuridad de un pasado extraño», en palabras de Fermín Aragón de Peralta; deleznable expresión del fanatismo de quienes están destinados a desaparecer, si no ambicionan y se convierten en «gente de empresa».

¿Habrán imaginado los vecinos del pozo 158 que un día serían negras las aguas de su territorio? La mortandad de blanquillos, barbudas, doncellas, bagres y doradas que los dejó en la inopia; el pantano de crudo que les robó espacio para existir refleja hoy para ellos el estado de una sociedad dispuesta a descartar al pescador, para explotar la sangre oscura del subsuelo.

El petróleo asciende, hecho incienso entre los sacrificios en honor al dios dinero. Lejos de sus altares, otros ritos se reinventan para rendirle culto a la vida.

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