No toda mujer gorda y bajita es una saporrita. La saporrita es simpática por naturaleza; su rasgo distintivo es hacerse querer. A tal punto que alguna vez un hombre enamoradizo, borracho por su influjo, inmortalizó a la saporrita con un chucuchucu canónico en la historia de la música tropical.

Pero Juvenal Viloria incurrió en el error de instrumentalizarla. Su poema celebra bailar «pega’o» sin consentimiento de una mujer y divertirse con ella.

Cuidado: una saporrita no está a merced de nuestra diversión, sino viceversa. Nada más feliz que llamar su atención.

Hubiera sido lamentable para Viloria si de entrada la saporrita que inspiró su canción se hubiera negado a bailar con él. No existiría el chucuchucu.

Sin embargo, y para fortuna de la humanidad, aún existiría la saporrita.

La saporrita existe por sí misma y no porque alguna vez haya sido grabada una canción sobre ella con arreglos similares a los del Jazz Dixieland.

Ella nos interpela desde el lugar del mundo que ocupa, con su mirada altiva por principio. En la hora del baile o en la del amor, Juvenal Viloria creyó llevar a la saporrita, sin saber que era ella la que en realidad lo llevaba a él. He ahí la gracia de esta mujer cuyas formas logran convencer al orgulloso de que es él quien la corteja desde que llega a una fiesta, mientras, en cambio, es ella quien se divierte con él.

Porque la saporrita es, ante todo, una mujer divertida, como ciertas tías en diciembre o determinadas hermanas mayores en tiempo de tregua.

A Juvenal lo enamoró una saporrita con un tentador lunar en el cuello y él conserva una foto en que ella aparece alegre, con sus candongas doradas, con su pelo teñido de rojo y con sus peculiares fosas nasales dilatadas que parecen respirar con ansia la vida y exhalar soberbia: la legítima soberbia de quienes logran hacerse con un corazón sensible para toda la vida y gozan hasta la muerte por haber sido musas en su juventud de bohemios de porro y boina.

Eso sigue siendo Juvenal en su vejez. En medio de la pobreza, con sus recuerdos de glorias de ayer, llenando su casa alquilada en Medellín, el músico se enorgullece de haber compuesto cientos de canciones para bailar, muchas de las cuales fueron grabadas en otros países. Es el caso de La Saporrita, su predilecta, por la que es recordado más que él Luis Felipe González, quien la grabó y la hizo famosa con La Super Banda en la década de 1970 sin nunca pagarle derechos de autor.

@HaciaElUmbral

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